Hace meses ya, en nuestros devaneos nocturnos por la zona cercana a nuestra casa, descubrimos, casi sin querer ser encontrado, un pequeño local donde para sorpresa nuestra, preparaban pizzas a la leña por módicos precios y con el plus de que podías elegir los ingredientes que quisieras sin que escatimaran en ellos. En aquel tiempo aún no vendían cervezas ni vino (hoy en día este complemento indispensable ya esta presente en la carta), pero aún así nos volvimos asiduos comensales del lugar, en el cuál, los dueños se acuerdan de ti y siempre te reciben con una sonrisa: ese calor del cual que muchos lugares carecen. Cuando preguntamos el nombre nos dijeron que aún no tenía, y a la fecha así es conocido: "Sin nombre"; ignoro si por muchos, pero al menos por los cercanos. Y dónde queda el marvillos lugar, en la esquina de una de mis calles favoritas de esta ciudad, Libertad y Atenas. Seguramente aquellos que vayan no se arrepentirán. ¡Buen provecho!
Navegando por la red me encontré este adorable simulador de nombre Ground Zero en la página de Carloslabs. Con ayuda de Google y un poco de java la función de esta herramienta es simular el radio de efecto que tendrían las explosiones de algunas de las bombas más potentes que han existido en la historia e inclusive el impacto de un asteroide sobre la ciudad o el punto que uno elija de la tierra. Para situar alguna ciudad se puede buscar en la ventana de búsqueda, en la parte inferior se elije la bomba y enseguida no queda nada salvo apretar el boton rojo. Se pueden observar vistas con trazo de valles y satelital. Las instrucciones en inglés en la parte superiro de la ventana. Apocalípticos virtuales del mundo, diviértanse.
Pasada la FIL el río recupera su cauce y nos apresuramos a cerrar el año. Propósitos y proyectos. Encuentros y desencuentros. Algunos libros nuevos. El cariño de las personas. Viene pues la última recta del año, después, los cambios...
Qué si creció, que si nada más se agrando, que mejor no comprar nada, que buscar algún tesoro perdido, que la plaza Andares le roba cámara, que la crisis del libro, que la nueva ley del libro, que si los de siempre haciendo lo de siempre como siempre, que los que quieren mochila, que los que no, que los que ahorraron todo el año, que los que buscan agendas, que los niños, que dizque los insurgentes literarios, que dizque los irónicos, que los premiados, que los perdidos, que los asociados, que los que claman por un espacio, pasillotes y pasillitos, que si los moneros, que si las ediciones infantiles, que si los secuestros, que si los profesionales y el público general, niños y adolescentes, mascotas, los que van al ligue, los que se escapan, que si las edecanes, que si ya son muchos años, que si el dinero hace bailar al berro, que si las fiestas, que si la reunión afuera, que si uno va a saludar a tantos como cada año, que si el trabajo, que si el camión, que si sí, que si no, que si la FIL, que si la lectura, que si hay o no hay. Está ahi dónde siempre, en el escenario de antaño y como en filme de Lynch, a pesar de que la música suena, en este caso... NO HAY FIL.
Al buzón de entrada de mi correo electrónico llegó el siguiente mensaje del poeta Carlos Vicente Castro. Sin lugar a dudas son tiempos complicados para todas estas cuestiones culturosas. Arrieros somos y en camino andamos. Pero también debería ser el momento de encontrar soluciones creativas y autogestionadas para salir adelante. Con la confianza de que sí nos merecemos Metrópolis dejo este post a la lectura y mejor opinión de los cibernautas. Y si alguien sabe dónde se puede conseguir la revista Numen a la que le dieron el apoyo los jurados del CECA agradecería me lo haga saber pues me gustaría conocerla.
Hola a todos.
Escribo este correo para compartirles una noticia sobre Metrópolis, supongo que mala, aunque con la esperanza de que cambie de signo. Sucede que la Universidad de Guadalajara nos apoyó durante seis números, según se tenía contemplado, algo que agradecemos muchísimo, pero ese subsidio finalizó en octubre y a partir de noviembre no tendremos presupuesto.
De seguirse imprimiendo, Cultura UdeG continuará, por lo pronto, distribuyéndola este año (una atención sin duda también agradecible).
Metrópolis concursó en la beca estatal del CECA en el rubro de revista impresa y, lamentablemente, no fue elegida. Ganó una publicación que no conozco y a la que le deseo mucha suerte. Supongo que los jurados tendrán sus razones al haber ignorado a Metrópolis. Yo sólo conocía dos criterios, los expuestos por el CECA en su página de internet: el impacto social y la calidad.
En cuanto a impacto social, Metrópolis, que es una revista independiente, ha sido distribuida por la Universidad de Guadalajara en librerías y centros culturales tapatíos, y hasta ha tenido que volver a surtirse varias veces en lugares como el Fondo de Cultura Económica o el Museo de las Artes porque, literalmente, vuela. Después de todo, Metrópolis es gratuita y... llamativa.
Han sido meses muy intensos y llenos de satisfacciones para quienes en ella colaboramos, pues nos propusimos una periodicidad mensual (y un diseño diferente cada vez) que muy pocos son capaces de cumplir, sin dejar de lado que al menos hemos dado a conocer poesía que ojalá los lectores lleguen a considerar entrañable.
No sólo hemos publicado a poetas de varios estados de México, sin dejar de lado a la producida en Jalisco, sino que también hemos incluido a poetas de las más disímiles latitudes: Estados Unidos, Brasil, Chile, Argentina, Perú, Francia, Alemania, España, Marruecos... todo, en seis meses.
De hecho, ya está diseñada y -de contar con los recursos- lista para imprimirse la de noviembre.
La hemos presentado en el festival internacional de Santiago de Chile y como invitados en la Feria Internacional del Libro de Monterrey, y el mes entrante se presentará también en Latinale, un importante festival de poesía latinoamericana celebrado en Alemania.
Hacemos envíos regulares de Metrópolis a la librería Metales Pesados en Santiago de Chile y en Buenos Aires la distribuyen amigos de mano en mano.
Metrópolis no sólo tiene presencia física. Tan sólo ayer nuestra página en internet recibió 210 visitas. Tratándose de una revista de poesía y por lo tanto marginal, me parece una cantidad considerable.
Pienso que para tener seis meses de existencia nuestro impacto social no es deleznable. En cuanto al otro criterio, el de la calidad, dejo que los lectores opinen.
Como nunca pensamos en que el subsidio institucional pudiera ser la única opción hemos dado ya pasos para lograr otro tipo de apoyos y medidas, aunque no contamos con nada concreto todavía. Pero agradecemos toda alternativa que se tenga a bien proponernos.
Tengo plena confianza en que si Metrópolis merece continuar publicándose, lo hará.
Gracias a todos los que tuvieron la paciencia de leer estas líneas un tanto viscerales y precipitadas que a fin de cuentas tienen por objeto hallar opciones de supervivencia.
P.S. Aprovecho además para felicitar a nuestra amiga escritora Hilda Figueroa, pues un libro suyo resultó beneficiado con este apoyo para su próxima publicación.
1. Ciudad de México. En cuanto apenas ha salido el sol. Un día como para más bien permanecer encerrado en casa bebiendo café y prisioneros de una buena lectura (y he visto tantos libros buenos hoy).
2. Escribir desde una mesa del museo Franz Meyer después de una rápida visita a sus exposiciones. La más interesante la del Word Photo Press en su edición 2008. También me atrajo una de carteles en gran formato cuyos diseños tenían que ver con la promoción de eventos o productos culturales.
3. Por la mañana despachar el verdadero asunto que me trajo a este lugar: ISBNs.
4. Logré finalmente llegar a Conejo Blanco, una interesante librería situada en plena Condesa. Noticias de nuestros libros distribuidos ya hace casi un año. Se han vendido. Tiempo de comenzar el proceso de cobro.
5. Decepcionado de El Péndulo. Tanta alharaca con que eran los más "chidos" en la promoción cultural y creación de espacios con el mismo fin para que resultara que no es su política tratar con editoriales del interior.
6. Alrededor de la mesa un par de pajarillos. Pasean orondos y muy quitados de la pena devorando las migajas que van quedando en el piso de la cafetería.
7. En la distancia los extrañamientos y las ausencias. También los reencuentros: quedé de verme con Inés un poco más tarde. Platicar y ver como sigue creciendo el buen Lucas.
8. Recuerdo uno de los versos de Mediodia de Café Tacuba: parece mentira que entre tanta gente en esta ciudad no tenga a nadie con quien compartir la vista desde mi casa este sabado al mediodia..
Aún resuenan los ecos de “El salmón”, “Flaca”, “Tuyo siempre” y todas las demás canciones, una a una de las 30 listadas. Todavía se pone la piel chinita. El Teatro Diana, y por dos días, se convirtió en un templo rocker, visitado por cerca de cinco mil personas, que literalmente adoraron la figura de Andrés Calamaro. Por fin, el excepcional músico argentino ya no es más la estampita impresa en las portadas de sus discos. Ahora ya sabemos lo que el señor front man hace arriba del escenario.
En verdad que no recuerdo, en la ciudad, conciertos de rock tan fervorosos como los del pasado fin de semana. Uno tras otro. En el del viernes, la gente no esperó que el show llegara a sus mejores momentos para levantarse de las butacas. Muchos recibieron de pie y a grito abierto a Calamaro y sus seis musicazos antes de que soltaran la primera nota. En la sesión sabatina, la cosa tardó en calentarse, pero el cierre fue avasallante.
Andrés y su banda propusieron contundencia, un sonido enérgico y robusto, que en gran parte de la tocada fue abanderado hasta con cuatro guitarras, y secundado por bajo, batería y teclados. Tal batallón, inevitablemente, sacudió a los presentes, incluso a muchos jóvenes, que sin poder ni querer evadirlo, cayeron atrapados en las redes del cantautor.
El manojo de canciones fue abundante. El repertorio en las dos fechas fue idéntico, salvo “En el último trago” y “Costumbres argentinas”, que cantó a capella el viernes y el sábado, respectivamente. Calamaro debía ser generoso, luego de no presentarse nunca en México, y cumplidor, entregó hit tras hit, más temas recientes. Se le veía sorprendido. Ni él, ni muchos como yo, nos esperábamos tanto cariño desbordado. Un acetato de José Alfredo Jiménez, una playera de la selección mexicana, una máscara de luchador, un sostén, la tricolor y albiceleste enlazadas y hasta porras futboleras fue lo que se llevó el argentino como regalo.
Yo les pongo la etiqueta de memorables a ambas presentaciones. El público salió del lugar como si le hubiesen bajado las estrellas. Según Andrés, a él y su grupo los hicimos sentir unos “putos dioses del rock”. Así lo señaló en su blog. Podría quedarse desde ya como el show del año, pero habrá que ver lo que sucede el domingo en el Motorokr. Ahí nos vemos.
1. Introito (antes del primer movimiento / antes de que la realidad nos alcance (como ya nos alcanzó))
Deseaba escribir este post para aprovechar la fiebre calamaresca, el éxtasis, la resaca de la flotación, pero la mañana nos toma con la nota de un par de granadas detonadas en pleno centro de la ciudad... procurando pues rescatar algo de la pasión de la noche del sábado he aquí las siguientes líneas:
2. A manera de prólogo (los preparativos)
Comenzar diciendo que esa noche nuestros caminos todos llevaban al Diana: la comida opipara en Hosteria 10, el tinto demasiado jóven en casa, los nervios y la expectativa, el magma moviéndose en las venas, lento, ardoroso pero callado. Los autoconvocados formando grupitos a la expectativa, sonrientes pero ansiosos, ansia en la explanada del teatro, en el aire un ligero olor a tabaco y la urgencia de entrar, de estar ahí. Descubrir que nuestros lugares no estaban tan mal, no tan cerca como se deseaba, pero bien ubicados. Imaginé que me encontraría con muchos conocidos y sin embargo no fue así, apenas un par de saludos. Hasta tiempo hubo para ir a hacer larga fila para comprar cerveza. Regresar a la sala con preguntas silenciosas sobre el repertorio. Las apuestas: si toca está de seguro me derrumbo, con esta bailo, esta la canto... Dudas sobre la fuerza interior personal, una leve incertidumbre provocada por las sombras de un pasado no tan remoto.
3. Jugar con fuego
Para vos...
Y la oscuridad se hizo a la par que la explosión en grito del público que brincó de inmediato de sus asientos. Se corre el telón: en el escenario los instrumentos esperando las manos que habrían de transformarlos en extensión del cuerpo para cantar el encuentro. Por uno de los lados del estrado aparece Andrés enfundado en oscuridad y de lentes también oscuros ante el furor de la gente en el Diana. Trás él la banda, hoy sí hay banda, y comienzan los primeros acordes, acústicos, reposados, de pronto se hace la luz de colores y el rock. Las primeras frases de El Salmón y el primer guiño (como lo había hecho el día anterior) al público mexicano (una mención a Villa). Se notan las tablas que dan veinte años de ausencia. Y como buena costumbre en los conciertos importantes no hay palabras para el público mientras se suceden canciones: Tuyo siempre, que nos derrumba y nos conquista y varias de la Lengua popular como Los chicos y mi Gin Tonic, donde al fin saluda y se presenta y agredece como lo haría muchas veces a lo largo del concierto. Mi memoria no es fiel, entre la emoción y el canto olvidé el el orden cronológico de las canciones, pero a quien le importaba el orden si lo que contaba era estar ahí. Para qué palabras cuando un trío de potentes guitarras puede decir más. Sería un viaje por lo nuevo y lo anterior, por la nostalgía y la felicidad, por la voz casi a capella y la estridencia rocker. ¿Quién dejo de cantar en ese lapso de tiempo, paréntesis extasiado, en esos -dicen- poco más de 120 minutos? ¿Quién retornó a su asiento? De principio a fin apenas una pausa, un medio tiempo en el que nos presentó a sus músicos, para entonces ya habíamos volado con Los Aviones, visitado a Elvis, Asado la manteca y retornar con los poderosos acordes de El día de la mujer mundial. Nueva pausa mientras descansa la banda, al teclado Tito Dávila (ex, o parte de enanitos verdes) y la sección de tangos que no podía faltar, para los puristas un atentado, para sus incondicionales una manera única y apasionado de cantarlos: Es inmoral sentirse mal por haber querido tanto, debería estar prohibido haber vivido y no haber amado por eso tírame un beso, que he sido preso de nuestro encierro... Jugar con fuego... tras los tangos Estadio Azteca y por poco el Diana se viene abajo, pero aguanto a pie firme y después los brincos en Alta suciedad, y los de Sin documentos y la tristeza de Crímenes perfectos. Todos amarrados a nuestros lugares y clamando en lo hondo que no llegara el final, que Andrés no dejara de cantar mientras nosotros, su público, siguieramos gritando, alzando los brazos desde las plateas hasta el último de los asientos de las más lejana fila, cantando a la par de él, cada uno un Salmón.
Fueron alrededor de treinta canciones, poco más de dos horas de gritos, baile, lágrimas, algunas torrenciales, otras más discretas, descubrir que se puede paladear la nostalgia cuando ya uno es fuerte ante el dolor de algunos recuerdos. Cuando uno es. Noche de intoxicación musical y sobredosis masoquista vertida en alivio. No sólo escuchar: transmutar: llegar siendo de una manera y partir diferentes, quizá hasta irreconocibles. Y mientras esto ocurría en el interior, sobre el escenario llovían corpiños, banderas mexicano-argentinas, playeras de la selección argenta y hasta una máscara de luchador color rubí.
Es verdad, si hubiese cantado Media Verónica, Ok perdón, o La Trampa se nos cae el teatro. Paloma fue suficiente para salir vibrando con esas guitarras que por momentos avasallan la voz, dolorosas cuerdas que transportan a noches de desvelos y temor. Y del fondo del esófago, directo al cráneo, un ¡Suficiente!, enérgico, a esos recuerdos. El esperado Andrés transformado en gusto por la vida, logró decirle a la oscuridad ¡basta!. El resto es propio: pensar, esperar que lo bueno de la vida, lo mejor, está por venir.
Aún con la resaca musical, y sin palabras propias, sabra Dios si habrán de llegar a mis dedos, dejo, antes que nada lo que Calamaro expresa en su blog, para después transcribir la reseña del primer concierto hecha por el buen amigo Ricardo Solis en La Jornada, aunque acotando que si bien es verdad que el viernes fue la primera vez que piso tierra mexicana, fue el concierto del sábado, y asi lo creo cabalmente, el verdadero concierto de apoteosis en tierras tapatías, pues, no olvidemos el Sold out inmediato que provocó. No digo más... seguimos en la nube.
Del blog de Andrés:
xtc tapatio !! 12 de octubre la segunda noche en el teatro guadato fue de apoteosis ... fue un estalido de gloria explotandonos en el pechito, un publico que soñaria mick jagger ... corpiños voladores, banderas mexicargentinas, discos de jose alfredo, manos arriba hasta en el ultimo palco y en el superpullman, desde la primera fila hasta la ultima bandeja las gentes se entregaron, aunque exigentes, a cada nota que les supimos brindar, al principio elegantes y rockeros licuados al final ....
todos nos quedamos con la sensacion del tiempo recuperado, prometiendonos volver volver y volver ... a los brazos tapatios otra vez ... guadalajara, gracias ! fueron ustedes un publico entregado, calido, caliente ... y nos hicieron sentir putos dioses del rock. ametralladoras !
Lo que escribió del concierto del día anterior Ricardo Solis (La jornada). Al parecer cambio el repertorio...
Sin dificultades, el intérprete argentino hizo comer de su mano a la audiencia
Noche de fiesta en el encuentro de Calamaro con sus fanáticos tapatíos
RICARDO SOLIS
Calamaro en el Teatro Diana Foto: NOTIMEX
Para Miss K. que no quería estar ahí…
La primera vez que Andrés Calamaro se presentó en vivo ante público mexicano no pudo resultar más significativa: auditorio abarrotado, público emocionado, gritos, empatía y corifeo extático. De esa manera podría resumirse el encuentro entre el intérprete argentino y sus fanáticos tapatíos; pero no se reduzca a sólo eso, no señor.
No resulta extraño para el célebre músico que, para atacar un concierto en terra incognita, se debe hacer lo que se viere (o suponga) y, dado el caso, se enfundó la casaca nacional y comenzó su programa con icónica mención a Pancho Villa. Secretos no parece haber para quien ya pasa de dos décadas pisando escenarios del continente entero.
Por supuesto, el acólito de mediana edad no debió sorprenderse mucho con la aguda gritería eufórica de algunos, prospectos de groupies que –muy probablemente– apenas gateaban (o estaban por nacer) cuando Calamaro ya entonaba algunos de sus primeros éxitos con Los abuelos de la nada.
Y, claro, cómo pasar por alto que el (a su pesar, según dice) célebre argentino muy pocos pares tiene a la hora de combinar su lenguaje sencillo con la sofisticación significativa que (en la mayor parte de sus canciones) logra el golpe evocativo, la emotividad contundente de aquellos que –en el Olimpo de los escuchas– tienen sitial ganado a pulso y consistencia.
Calamaro, pues, permitiéndose el símil con su conocida rola sobre el Pelusa (y ajustándose a su sabida pasión futbolera), “tiene el don de tratar muy bien al balón en su terreno”, justo un terreno es el escenario para quien llega y sin pérdida de tiempo ataca la guitarra al lado de la banda para que el respetable haga retumbar un recinto que –por un instante– alguien tal vez juzgó equivocado para el evento.
Celebración. Y cómo no, si a la capillita por fin le había llegado su fiesta, su oportunidad para desgañitarse al ritmo de cada ejecución de un Salmón que, sin dificultades, hizo comer de su mano (río abajo, como bajo encantamiento) a la audiencia que pidió más, más y más a su ídolo.
Por supuesto, bien distingue a Calamaro que no peca de avaro y, además de sus propias creaciones, entonó algunas de otros reconocidos compositores (Sabina, por ejemplo) y su admirable conjunto de tangos que, así su propósito funcional haya sido permitirle descanso a sus músicos, no sobra quien coloque como sus versiones preferidas (cómo mejorar esa versión de Copa rota, carajo).
Además, no puede evadirse que –adeptos o no– lo que identifica a Calamaro con aquellos grandes trovadores de la memoria y el estrago es, precisamente, activar el recuerdo en si signo de regocijo o pesadumbre, en su rasgo de risa compartida o llanto tremebundo para cualquiera que se sienta “el arquitecto” de “lados incorrectos” (comandar la “parte de adelante” es detalle para el pulso personal de la dulce desgracia).
Bajo la sensación de estar “viajando en un asiento de primera”, no era raro distinguir de pie a la mayoría, bailando, haciendo la mala segunda, gesticulando en el anhelo de que –tras sus gafas oscuras– el intérprete dejara escapar algún ilusorio, ficticio rictus de asentimiento o complicidad, un instante para nutrir futuras leyendas negras, oscuras y falaces oraciones para la sintaxis de un recuerdo.
Haciendo eco (de nuevo) de la imagen que de Maradona hace Calamaro, no debe ignorar que –lo mismo que aquél– ofrece “alegrías al pueblo”, de modo que la evidencia de su frenético padrón no debió sino reposar de sus frases de agradecimiento, su afán de moverse por el escenario a cada grito que confirmaba el acierto de su provocación.
Borradas sus figuras tutelares de otros años (quién pensaba entonces en Páez, García o Spinetta, demonios), Calamaro ha instituido su propia grey, renovada y fidelísima, que le ha dotado (a su pesar, asegura) de un aura, un tinte de rockstar amargo e inusual (pero muy adaptado, por lo visto, al mainstream musical).
Seguramente, la segunda fecha de Calamaro en el Teatro Diana (ayer) debió ser similar, aunque sin la ligera distinción de ser la primera vez que tocaba en suelo mexicano, justo en tierra tapatía, lar de intenso fervor para más de una figura (musical o no, aunque siempre elaboración, efigie fabricada con la confusa carne de lo que otros dicen al respecto). Salve, Salmón (que ha sabido dejar a su público sin saber si estaba despierto o tuvo los ojos abiertos). Esperan, seguramente, “más aeropuertos”.
Y sí, no cantó Media Verónica, pero si la canta, el último que apague la luz...
Hace un par de años, sugerirlo era como hablar de un sueño lejano; pero sí, había algunos soñadores. Por supuesto eran otras épocas y otros momentos y no había Lengua popular, y apenas se prefiguraba el ritmo frenético de conciertos que hay en la actualidad. Era como tema de conciliábulo al final de alguna fiesta. Cuando hubo una luz de esperanza llegó Charito. Y así... sin embargo las señales eran cada vez más claras, a pesar de las sonrisas irónicas cada vez que se comentaba en público: ¿Quién irí a verlo? ¿Calamaro, ni fans tiene...? No va a vender ningún boleto... La primera cita será está noche, aunque como ocurrió hace casi dos años con depeche, la verdadera cita es en el DF, primera fecha que se anunció, y la del sábado, ambas con boletaje agotado. Y sobre que no hay fans... conozco a varios, que van a dobletear concierto... afortunados ellos...
Testimonio de un converso
Dicen que los conversos se vuelven aún más creyentes que aquellos que vieron luz dentro de algún culto. Me declaro converso al respecto de Andrés. Hasta hace unos cuatro años, salvo una que otra canción (que tenían que ver más con Los rodríguez), Andrés me parecía más un cantautor tipo Arjona (sí, arrójenme al infierno, quémenme en aceite...) que un rockero. Recuerdo mis discusiones con algunos de mis amigos (Brita, entre ellos) que insistían en escucharlo en el viejo depto de Morelos, lo que hacía no de muy buen talante. Hasta que, gracias a Ruth y al buen Maldonado, y a El Cantante, el disco de covers editado en 2004, fui entrando al entorno Calamaresco de manera más consciente. De aquí vino el brinco al disco en vivo con la Bersuit El regreso, luego los tangos de Tinta Roja, El Palacio de las flores (que no me convenció del todo), el DVD Made in Argentina, que fue el que me encadeno de manera definitiva y finalmente La lengua popular, que salvo el track de Sexy y Barrigón me encanta todo. Mucha de su música me gusta, sin embargo no me caso El Salmón, creo que es demasiado para sostener un mismo ritmo. Lo veo más como un documental demasiado personal que sólo algunos se pueden dar, un blog musical en el que se postea hasta tres o más veces al día.
Epílogo redundante
Varias de sus letras y canciones formarían (indudablemente) parte del soundtrack de una temporada de mi vida: soundtrack que hoy puedo escuchar desde la distancia que da el tiempo y los aprendizajes, saborear el dolor convertido en nostalgia tranquila y cantarlo con alegría y pasión. Transmutar ese dolor de antaño en bienestar presente y futuro, saborearlo como una comida que recordamos mojándonos los labios con la lengua, salivando agualaboca pero que sólo muy de vez en cuando nos permitimos volver a probar.
La señorita Margot y yo fuímos a ver París del director Cédric Klapisch, que forma parte del Tour de cine francés de este año, y del cuál desde hace ya varios me he convertido en fan. Nos ha gustado. Una pequeña joya para un día lluvioso y cargado de trabajo.
Antes de continuar, una digresión para aclarar que a mí casi cualquier canción, video, libro, fotografía o película que tenga como motivo principal París me cautiva (Ámelie, Paris te amo, La vida en Rosa, Hemingway, Vila Matas, Cortázar, Auster, etcétera...). Ahora sí:
La película de Klapisch trata de Pierre, joven bailarín, quien recibe la noticia de que sus días podrían estar contados pues necesita con urgencia un transplante de corazón. De sus temores y manera de afrontar la muerte inminente, y de sus ensoñaciones filosóficas, forjadas desde la ventana del apartamento que habita en Montmartre, su visión panorámica y privilegiada de la ciudad, va tejiendo la urdimbre que nos mostrará las vidas tan diversas pero convergentes ya sea por el azar o por una aparente línea invisible de causalidad (que no casualidad), de algunos de sus habitantes, personajes variopintos (quizá en un intento por representar la gran diversidad de una metropolis como es Paris), que van desde un profesor universitario erudito en la historia de la capital, inconmovible ante la desgracia más terrible que cae enamorado de una de sus alumnas más bellas, hasta un habitante de Camerún que emprende el peligroso viaje como ilegal librando los peligros que este tipo de aventuras, ya sabemos, implica.
Pasean también por la pantalla un grupo de mujeres de la alta sociedad que van en busca de aventuras carnales al mercado de abastos en busca por supuesto de calmar la insatisfacción de sus vidas, estan los niños que bailan punk, y los amigos de Pierre, la chica bella que además de su flirteo con el profesor tiene su novio que comienza a conocer la desventaja de ser la pareja de una chica que todo mundo voltea a ver en las calles. Un grupo de amigos que trabajan en el mercado callejero y cuyas vidas de apariencia simple se complican cuando la mujer de uno, aunque separada de este, comienza a coquetear a otro. El hermano del maestro de historia con una vida feliz, llena de éxitos y sin contratiempo. Pero sobre todos ellos, a manera de paralelo de Pierre, destaca el personaje interpretado por la Binoche, la hermana de Pierre, cuyo corazón (los sentimientos) se encuentran también en paro y se ha resignado a ser una mujer de 40 años, con hijos y para quien el amor ha pasado de Largo.
Conforme transcurre la película vemos la evolución de los personajes: como Pierre a pesar de estar en el límite de su vida se reconstruye a si mismo y no pierde la esperanza en su transplante, como vive la familia del hermano del inmigrante Camerunés, y la transformación del maestro de historia que terapia de por medio se permite abrir la puerta a la parte sensible que siempre habitó en él y que había impedido fluir, con resultados inesperados como el cuestionamiento al que obliga hacer a su hermano respecto a su vida feliz y normal. La escena de su primera cita con el terapista es de antología, aunque quizá, sólo para iniciados en esto de las terapias, de las buenas terapias. Una película donde el cambio de paradigmas es la base que sostiene el armazón y cómo este puede ser tan flexible como se desee o todo lo contrario. Una película que nos muestra que una ciudad, no es en si la ciudad, sino la capacidad de su gente de adaptarse, y más que nada de vivirla, gozarla.
Algunos críticos han mencionado que París es pretenciosa al tratar de simplificar en poco más de 8 personajes la vida de los diversos habitantes de París, siendo esto imposible. A mi parecer más que pretender esto, lo que quizá busca Klapisch es llevarnos a la reflexión sobre lo que cada ciudad representa para cada unos de sus habitantes y como se va diluyendo la vida personal dentro una monstruosa conglomeración humana que tiende a convertirnos en entes ciegos, sordos y carentes de emoción o sentimientos. Pierre es el catalizador de los sueños y deseos de los demás personajes, de sus carencias y limitaciones, que dicho sea de paso, les otorga un viso mucho más humano. A fin de cuentas todos buscamos alguien con quien acompañarnos, a veces desesperada y desgarradoramente, otras con la calma de quien se va conociendo a si mismo y comienza a mirar el mundo desde una perspectiva diferente: aquella que se le concede al que tiene bien plantados los pies en la tierra, y su alma en paz.
Una segunda digresión A su vez, París, me permitió recordar, imágenes audiovisuales de por medio, un viaje que se aleja en el tiempo a la capital francesa. Camino al trabajo y mientras el camión daba de tumbos, se posicionaban en mi mente, las imágenes de un filme en donde siguiendo un orden cronológico, aparecen en escena los cambios en mis situaciones vitales desde aquel entonces a la fecha: los trabajos, las habitaciones, los viajes, la música, los momentos memorables. Cinco años ya donde lo mismo he lastimado el alma, el ego, el corazón de los demás como he sufrido de manera semejante, pero cinco años también de ir descubriendo quién de los amigos esta verdaderamente al lado, de fomentar la cercanía con aquellos que me han dado su confianza, su ánimo, su amor y su paciencia. Son pues días de memoria, de reflexión. Nostalgia de encontrar nuevas maneras de ser y entregarse.
Para finalizar Comentar también que la música es parte fundamental de la película: instrumental para los momentos dramaticos, lounge para ciertas escenas, punk cuando se requiere, etc.;, París en definitiva no sería lo mismo sin esta atmósfera musical. Ignoro si el soundtrack ya esté a la venta en México, pero de menos se puede encargar a traves de la internet.
Y el broche de oro... Nada como salir después de una película cómo esta, al filo de la medianoche y sentir el abrazo de la humedad y el frío, escuchar el rumor del agua correr, y acompañados, deambular por la nocturna Guadalajara, que si bien no es la ciudad luz, si podríamos comenzar a buscarla dentro de nosotros mismos, para después, tiempo después, dejarla surgir e iluminarnos.
Estoy a punto de cumplir 32 años. La vida es una espiral desgajándose. A estas alturas puedo voltear y contemplar el trecho recorrido. Mi padre cuenta que nací una tarde tormentosa: mientras atendían la labor de parto de mi madre, caía sobre la ciudad agua, granizo y los rayos y truenos que sólo como en Guadalajara. Quizá por eso me gustan las tormentas. Quizá por eso la lluvia es tan significativa para mí.
Mis recuerdos del pasado son difusos: una casa en el centro de la ciudad con un patio que me parecía enorme en el que cabía perfectamente un triciclo marca Apache, un comedor tras una gran puerta de madera que hacía también de vitral multicolor, y también una ventana que daba a la calle (y supongo que de ahí viene la fijación por las ventanas y su luz), justo en la sala, no muy grande, que formaba un nicho de suficiente tamaño para guardar sin problema a un niño de cinco años o menor, que desde ese puesto de vigía observaba la calle, un fragmento de ella, los autos y las personas al pasar como los días y sus tormentas, acompañado a veces por su padre mientras las paredes se iluminaban de relámpagos.
En aquellos tiempos la economía familiar nos permitía viajar de manera más constante, el viaje era parte esencial de la vida. Tengo retazos de imágenes con mi madre y mis tías en tren camino a la ciudad de México, de regreso también en tren de la ciudad de México arribando a la estación de Guadalajara para ser recibidos por mi padre (aún lo veo sonriente en el andén). Sin embargo, mis mayores recuerdos son de un viaje por la costa del pacífico, yo diría casi idílico, visitando Puebla, Oaxaca, Puerto escondido, Ixtapa, Playa Azul, para retornar finalmente a Guadalajara pasando por Uruapán y su parque nacional como escala final. Mar y Naturaleza. Calor y Frío.
Fue justo en aquel viaje cuando comencé a comprender el significado de la ausencia, pero también el de aventura. Aventura, porque recuerdo que iba con mi padre a todos los lugares que él quería conocer, me convertí en su sombra, y así un día nos podíamos aventurar por la carretera que se internaba en la selva hasta llegar a algún pueblo desconocido para nosotros, como platicar con algún jugador estrella del equipo de futbol Cruz Azul que hacia pretemporada en aquellos años en el mismo lugar.
La ausencia, o su primera sensación, llegó una tarde en la que mis padres nos dejaron encargados, a mis hermanos y a mi, con mi abuela y una tí, y se fueron a caminar por la playa. El sol avanzó sobre el horizonte hasta que vino el crepúsculo y mis padres aún no regresaban. Tengo la sensación de estar frente al mar, sintiendo la brisa vespertina y envuelto por una luz naranja, gris, amarillenta y mirando constantemente las olas como esperando que ellos aparecieran justo ahi. Conforme oscurecía la ausencia de ambos se convirtió en nudo en la garganta. En vacío que tocaba el alma. El estar partido. Sensaciones que en muy diversas circunstancias y a lo largo de mi vida se habrían de manifestar de manera más constante y frecuente. Volvieron. No recuerdo ninguna escena en especial para el reencuentro. Ni el momento de respirar de nuevo con el corazón acompasado.
Fueron las últimas vacaciones en familia. Mi madre padecía de cáncer en los pulmones pero sus hijos no lo sabíamos. Mi padre afirma que era un mujer valiente. Yo le creo. Por entonces comenzaron los grandes cambios. Entre otros nos mudamos a una casa que mis padres habían construido en lo que en aquel entonces era la periferia de la ciudad. A la redonda se podían ver enormes extensiones de sembradíos de maíz y de jícama. Ahora esos campos son avenidas y centros comerciales. Algo de eso se rescato y fue convertido en parque, pero entonces todo tenía la apariencia de nuevo, virgen. Nuestra casa era la segunda o tercera de la cuadra y por la avenida de enfrente no pasaban autos ni autobuses.
Mi madre murió en julio de 1984, el mismo año de Córtazar, aunque eso lo supe mucho tiempo después. Las últimos imágenes que tengo de ella son recostada en la cama con una manguera que le llevaba oxigeno y que necesita tener prácticamente todo el tiempo, con mi hermano más pequeño acurrucado en su regazo. Después, para variar, las imágenes se tornan confusas y, por más que he indagado, no termino de armar el rompecabezas. Recuerdo que de pronto se puso grave y se la llevaron al hospital. Que duró días internada mientras la casa era colmada con mis primos con el fin de distraernos y tratar de estar lo mejor posible de ánimos.Hasta que un día de ese séptimo mes llegó mi padre para avisarnos que había fallecido. Tenía siete años y no comprendía del todo el mundo, como tampoco ahora. Creía en una justicia de la vida que a partir de aquel momento quedó desterrada de mi mapa mental. Mi madre había muerto y lo demás ya no tenía sentido. El último recuerdo que conservo de ella es una visita a la habitación del hospital donde se encontraba internada: es fantasmal, borroso, como un sueño cuyos detalles olvidamos al despertar de manera instantánea. Desde entonces la muerte ha rondado como un extraño guardaespaldas mi vida. Compañera fiel que me atemoriza y tortura. Y que espera al final del camino para llevar a la otredad que tanto buscan, de alguna manera, los poetas.
Recuerdo todo esto justo ahora. Miro hacia atrás y me pregunto qué sería diferente. Pero es un juego irracional, un juego a lo mucho literario y quizá por eso en algún momento valioso: inventar otros caminos. Otros viajes. Una madre que es muchas madres y que no se extrañe cada mañana. La ausencia primera pasó de ser anticipación a realidad mientras recuerdo que al jardín de la nueva casa llegaban colibríes y cada uno de mis hermanos y mis padres teníamos un árbol por cuidar pues lo habíamos plantado. Así pasaron los veranos, entre la algarabía de mis primos y hermanos, exploraciones a lugares que nos parecían nunca antes descubiertos, inhóspitos y fuimos viendo, también, como el paisaje se transformo a la par que nosotros.
Estoy a punto de cumplir 32 años. Ahora conozco más de los sueños conseguidos y de los sueños rotos.De las promesas que se rompen y de las que permanecen. De que uno entrega el corazón y que en algunas ocasiones lo dejan moribundo: que eso es la vida: levantarse. Si la flor muere, el campo reverdece. Cambio permanente. Veo hacia atrás y miro errores, aunque también aciertos. Egoísmo y necedad, ternura y comprensión. Miedo que congela pero una vitalidad que surge del fuego del recuerdo de las personas que nos aman, que nos amaron y que de cierta manera nos seguirán amando donde quiera que se encuentren.Por todo esto, por los recuerdos, las imágenes borrosas, porque la gente a mi alrededor se empeñó en dar lo mejor de sí cuando pudo, y con todo lo que pudo, es que no puedo menos que seguir en esta vida, porque es todo lo que tenemos, y mejor estar bien y gozarla que dejarse embargar por la insatisfacción de ver los deseos quebrados. Nadie dijo que fuera fácil. Emocionante sí.
Para todas las personas que han estado cerca, por sus palabras de aliento,
para las que han partido, para las que están aquí, cada quien a su manera, con uno.
13ago2008 Posteado por Sefarad Categoría: fotografía
Unos ojos gigantescos observan desde lo alto de una favela de Río de Janeiro. Morro da Providência es uno de esos lugares cuyo nombre asusta a los cariocas. El 14 de junio, los militares que habían ocupado con carros blindados esta violenta favela de la zona portuaria detuvieron a tres adolescentes y los entregaron miserablemente a narcotraficantes de otra favela como supuestos miembros de una facción rival. Resultado: tres cadáveres más.
Ahora, en las fachadas y calles de Providência han aparecido pancartas gigantes con fotografías de ojos con las más variadas expresiones. Nadie sabe de dónde han salido. La ciudad se pregunta quién está detrás de esta inusual intervención artística. Bien: el responsable se llama JR. "Acabo de dejar un momento la brocha y el balde de pegamento", explica. El francés ha interrumpido su agotador trabajo para hablar con EL PAÍS. "En televisión han puesto imágenes filmadas desde un helicóptero y han dado un número de teléfono para que la gente llame si sabe qué está pasando. Algunos periodistas han intentado acercarse, pero ninguno ha podido ver cómo trabajamos".
JR contactó con los líderes de la comunidad ayudado por el fotógrafo Mauricio Hora. "Cuando el proyecto comenzó a tomar forma, hablamos con los traficantes para explicarles que necesitábamos filmar, ya que lo documentamos todo. La regla es no tomar imágenes suyas o de los puntos de venta de droga. Somos muy prudentes. Nos cruzamos a menudo y suelen esperar a que hayamos terminado para sacar las armas", cuenta. "Ya nos hemos encontrado en medio de tiroteos entre la policía y ellos".
"Lo de JR es una forma de guardar mi anonimato, porque en muchos lugares lo que hago no está permitido. Y también una manera de que la atención se centre en mi trabajo y no en mí", dice el francés, que se esconde tras unas gafas de sol y un sombrerito. Cuando estuvo en julio en Cartagena, para la edición de La Mar de Músicas dedicada a Francia, burló la vigilancia de la refinería de Escombreras, una zona de alta seguridad. Entró por la puerta principal con una furgoneta y pegó el retrato de un anciano en uno de los enormes tanques de combustible.
Tiene 25 años y, aunque acostumbrado a trabajar al margen de la ley, una de sus fotografías de formato descomunal se despliega hasta finales de mes en la fachada de la Tate Modern de Londres con todas las bendiciones oficiales. José Luis Cegarra, comisario del proyecto de Cartagena, lo presentó con estas palabras: "Antes lo perseguía la policía y ahora lo siguen los museos". Su obra se ha presentado ya en la Bienal de Venecia, el Artforum de Berlín o Les Rencontres de la Photographie de Arlés.
Una de sus acciones más espectaculares -en su web (jr-art.net) se refiere a ella como la mayor exposición ilegal de fotografías de la historia- la realizó en marzo de 2007 en el muro construido por Israel. Le habían amenazado con un posible secuestro de Hamás o con que la policía palestina o el ejército hebreo lo expulsarían. Sólo lo echaron 15 días de Hebrón. "Nada comparado con todo lo que pegamos a ambos lados del muro", asegura riendo. También le avisaron de que nadie querría colaborar: "Se trataba de fotografiar a israelíes y palestinos con un mismo oficio y preguntarse cómo se ven el uno al otro. Pedíamos permiso en las casas y pegábamos juntas la foto del taxista israelí y el palestino. Sin problemas. Es importante mostrar que los límites no están donde creemos".
"Un trabajo como éste sólo se puede hacer con la confianza de la comunidad. En la favela, todo el mundo nos ayuda. Los niños llevan los carteles de una casa a otra. Y, a pesar de la escasez, la gente está siempre dispuesta a darnos agua para pegarlos", explica. JR y un equipo de ocho personas trabajan desde las siete de la mañana hasta las ocho o nueve de la noche. "Es muy complicado, porque estamos en una colina, las calles están en pendiente y muchas casas difícilmente se sostienen. Y tenemos que pegar entre cables eléctricos que pasan por todas partes. Ya nos hemos llevado todos unas cuantas descargas. Al ser 110 vatios, sólo te paraliza la mano unos minutos. Luego se pasa el efecto".
"Estas fotos no van a durar mucho tiempo con el viento y la lluvia. Nuestras exposiciones son efímeras y no damos respuestas; provocamos preguntas", explica. "Desde abajo se ven pequeñas barracas sobre la colina, pero no se ve toda la vida que hay dentro de la favela. Estos retratos miran a la ciudad asfaltada. En lugar de ser nosotros quienes les observamos a través de los medios de comunicación, son ellos los que nos observan".
Las mujeres que fotografía en Río de Janeiro son conscientes de que su rostro acabará sobre una fachada. El trabajo forma parte de Las mujeres son héroes, tercera etapa de su Proyecto 28 milímetros que le ha llevado antes a Sierra Leona o Sudán. Las dos primeras etapas fueron Retrato de una generación -con personajes extraños de los suburbios de París de los que colocó carteles en barrios burgueses- y Cara a cara. "Ahora mismo tengo frente a mí una gran foto pegada en una casa con cuatro ventanas abiertas. Veo a la gente dentro haciendo su vida. La instantánea empieza a quedar un poco tapada por la ropa tendida. Y toda esa vida me parece más interesante aún que la propia imagen".
"La venta de fotografías me permite financiar estos proyectos", dice. Por una de JR se pagan hasta 25.000 euros. También acepta encargos institucionales: en marzo viajó a Cartagena y se pasó dos días pateándose las calles. Para Los surcos de la ciudad se inspiró en las arrugas de rostros anónimos y las grietas de edificios en ruina en los que está impresa la historia de la ciudad murciana. "Le impactaron los refugios de la Guerra Civil. Y quería llegar a esos personajes con una posguerra muy dura, criados en prostíbulos, con los padres fusilados", cuenta Cegarra, impresionado por cómo JR conseguía que los octogenarios hicieran todos los gestos que les pedía. En octubre se editará el catálogo: "Poseo la mayor galería de arte del mundo. Expongo gratuitamente en las calles, atrayendo la atención de las personas que no visitan los museos. Mi trabajo mezcla arte y acción; habla sobre compromiso, belleza, libertad, identidad y límites. Soy un artivista".
Éste es el final de un camino que comenzó hace ocho años, cuando se encontró una cámara en el metro de París. En la estación de Charles de Gaulle-Étoile. "No era gran cosa, pero tenía película. Empecé con el fin de sacarme el bachillerato, porque la optativa de fotografía me podía dar puntos y me habían dicho que era fácil. A mí me daba igual, pero al final me enganchó".
y la librería José Luis Martínez del Fondo de Cultura Económica
invitan a la presentación de la novela
La imagen que devuelve el espejo
de Laura Becerra
Presentan
las escritoras
Hilda Figueroa
y Elizabeth Vivero.
Jueves 7 de agosto
20:00 horas
Librería José Luis Martínez
Av. Chapultepec 198
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Nota en Público:
La presentación será esta noche, en Fondo de Cultura Económica Becerra pone en las páginas La imagen que devuelve el espejo
Desde su perspectiva, la sociedad se ha acostumbrado a ver con malos ojos el proceso de envejecimiento.
7-Agosto-08
Los años pasan. Y cada que alguien se asoma a un espejo, la imagen que se refleja va cambiando. Hasta que un día la vejez, ese punto al que, en palabras de Laura Becerra, “todos nos dirigimos”, ha llegado. La autora tapatía presenta esta noche, en la librería José Luis Martínez del Fondo de Cultura Económica, su primera novela, que lleva por título La imagen que devuelve el espejo y que aborda, precisamente, el tema de la vejez y el abandono que, en muchos casos, sufren los ancianos cuando son llevados a los asilos. El volumen, explica Becerra, toma como punto de partida las cosas que pasan en los asilos de ancianos, buscando ahondar en la forma como los adultos mayores “ven la vida, que en muchos casos está marcada por el abandono de sus familiares. Es increíble ver cómo son más valorados por los extraños que los visitan que por sus propia familia”. Según la narradora es importante reflexionar sobre el tema porque “son muy valiosos los saberes que tienen esas personas. Es un tema importante porque así se pueden revalorar sus experiencias”. Desde su perspectiva, la sociedad se ha acostumbrado a ver con malos ojos el proceso de envejecimiento, “pero es algo bonito, que tiene su chiste. Para allá vamos todos, así que hay que cambiar la forma de ver las cosas”. Los comentarios en torno a la novela de Becerra, que es editada por Paraíso Perdido, correrán por cuenta de Hilda Figueroa y Elizabeth Vivero, que se darán cita a las 20:00 horas en la librería José Luis Martínez (Chapultepec 198).
Ya circula el número 02 de Metrópolis, la revista de literatura editada por Carlos Vicente Castro, en esta ocasión con un cambio bastante agradable en el formato, que sin dejar de ser tamaño cartel, ahora es más fácil de leer. En el pliego luce la obra de Carlos Maldonado, cuya exposición estuvo hasta hace unos días en el exconvento del Carmen; Las ilustraciones fueron realizadas ex-profeso para este número. La obra se complementa con poemas de David Bustos, Julián Herbert, Eduardo Padilla, Josué Vega López, Sergio Ernesto Ríos, Maricela Guerrero y Sharon Olds en version de Ezequiel Zaidenwerg. El diseño editorial estuvo a cargo de Benjamín Aceves.
Metrópolis se puede visitar en la red dando click aquí
El buen Rubén escribió un artículo la semana pasada en su columna de Público con la que estuve bastante de acuerdo, y por lo tanto me atrevo ahora, con su permiso, a colgarla del blog. Invito a su lectura todos los miércoles. ___________________________________________
Ya es de todos sabido que la cartelera de conciertos en Guadalajara ha incrementado bastante su oferta, con respecto a la de otros años. Este 2008 seguramente cerrará como el más activo en ese departamento. Bob Dylan, Sigur Rós, Smashing Pumpkins, Mogwai, Jay Jay Johanson, Underworld, Moby y más estrellas provenientes del extranjero ya pisaron suelo tapatío en distintos momentos del primer semestre, y el segundo también promete calidad y cantidad.
Hasta aquí todo bien, pero no en lo absoluto. Hace unas semanas, Alfredo Sánchez en su columna de los lunes comentaba lo mismo. De alguna manera agradecía la variedad de opciones, pero citó, como puntos en contra, el alto precio de los boletos, la falta de educación del público que va escuchar música en directo y otras decepciones. Yo me uno a la especie de gratitud, estoy de acuerdo con lo otro y además agrego una contrariedad: el pago tan anticipado de los boletos.
Para comenzar habría que poner al frente a Ticketmaster, la empresa responsable de la absurda mecánica de vender entradas, cuando faltan hasta cinco meses —caso Madonna— para la realización de un concierto. Por un lado, la gente misma apoya la estrategia al agotar los boletos en minutos, aunque también es verdad que no queda de otra, como justamente quedó comprobado en los conciertos que la diva ofrecerá el próximo noviembre en DF. Después de todo, los fanáticos no quieren pasar por la incertidumbre que provocaría comprarlos (o ya no), días o semanas posteriores.
Hagamos cuentas y una selección de conciertos que se avecinan en Guadalajara. En lo personal elegiría los shows de Julieta Venegas (1 de agosto), Andrés Calamaro (11 de octubre), el Motorokr Fest (con Nine Inch Nails, The Flaming Lips, MGMT, Paramore, The Kooks, Stone Temple Pilots y Mindless Self Indulgence, el 19 de octubre), Fabulosos Cadillacs (12 de noviembre) y Oasis (28 de noviembre). Si quisiera tener la mejor localidad en todos, gastaría alrededor de 4 mil pesos, que dosificándolos, según se acerque cada concierto, hay posibilidades de pagarlos. Pero aquí, la cosa es que Ticketmaster obliga a adquirirlos con mucho tiempo de antelación, y en ocasiones sin suficientes días de respiro, como sucede con los conciertos citados, cuyas preventas se acumularán entre junio, julio y agosto. Extraña manera de operar la de esta empresa, que bien podría ser cuestionada por sus usuarios. No estaría mal enviarle un mensaje al personal de Ticketmaster (www.ticketmaster.com.mx) y preguntar al respecto, por su plan a largo plazo. Luego van a cobrar la semana siguiente por un concierto del año entrante. Sí, yo espero, y hasta con ansia, ver a Calamaro y los Flaming Lips, pero de aquí a octubre tendré sólo un par de papeles y 2,000 pesos menos en la bolsa. Es absurdo. Tanto como si alguien invitara a su cumpleaños del 2011, sin antes pasar por los próximos.