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martes, 2 de noviembre de 2010

301. El fin del mundo y un despiadado...


Hubiese querido deshacerme en lágrimas, pero no podía llorar. Era demasiado mayor para hacerlo, había tenido demasiadas experiencias en mi vida. En este mundo existe un tipo de tristeza que no te permite verter lágrimas. Es una de esas cosas que no puedes explicar a nadie y, aunque pudieras, nadie te comprendería. Y esa tristeza, sin cambiar de forma, va acumulándose en silencio en tu corazón como la nieve durante una noche sin viento

Haruki Murakami
El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas

sábado, 4 de septiembre de 2010

296. De qué hablo cuando hablo de Murakami

Terminé de leer De qué hablo cuando hablo de correr de Murakami.



Imagen tomada del blog: "Pies para que os quiero"

Me gusto mucho el libro, sobre todo el simil que hace entre correr (yo me digo a mi mismo hacer un deporte, en mi caso ahora que voy a la alberca tres veces por semana) y escribir. Por largo tiempo Murakami fue conocido apenas por unos cuantos seguidores, sin embargo en el último lustro se ha convertido en uno de los narradores más leídos en diferentes lenguas.

De que hablo cuando hablo de correr es un libro al vuelo, apuntes con reflexiones sobre el hecho de correr y su significado para en la vida del escritor japonés, y las reflexiones de un autor sobre su trabajo.

Estoy convencido que para algunos leer este libro será una motivación para dejar la vida sedentaria y agarrar el ritmo de la escritura.

Dejo pues algunos párrafos con los que me sentí identificado y que cada quién concluya lo que quiera.

"Dimos un fuerte golpe de timón para virar en redondo desde nuestros siete años de vida de "apertura" hacia una vida de «cierre». Creo que esa etapa de «apertura» constituyó una buena experiencia. Si lo pienso, comprendo que aprendí muchas cosas importantes. Esa época fue para mí algo así como la educación general básica de la vida, mi verdadera escuela. Pero no podía continuar eternamente con ese tipo de vida. Y es que la escuela es un lugar en el que se entra, se aprende algo y se sale.

De este modo iniciamos una vida sencilla y regular en la que nos levantábamos antes de las cinco de la mañana y nos acostábamos antes de las diez de la noche. La franja horaria del día en la que uno rinde más depende, por supuesto, de cada persona, pero, en mi caso, es la de las primeras horas de la mañana. En ellas concentro mi energía y consigo terminar las tareas más importantes. En las demás horas hago deporte, despacho las tareas cotidianas y ventilo los asuntos que no precisan de demasiada concentración. Al ponerse el sol, ya no trabajo. Leo libros, escucho música, me relajo y me acuesto lo antes posible. Hasta hoy, mis días han seguido más o menos ese patrón. Y creo que, afortunadamente, en estos veinte años he desarrollado mi trabajo con bastante eficiencia. Ahora bien, si se lleva esta clase de vida, cosas como las salidas nocturnas desaparecen casi por completo y las relaciones sociales sin duda también se van resintiendo. Alguno incluso se ofende. Porque si te invitan a ir a algún sitio o te proponen hacer algo, entonces hay que declinar la invitación.

Es sólo mi opinión, pero, en la vida, a excepción de esa época en la que se es realmente joven, deben establecerse prioridades. Hay que repartir ordenadamente el tiempo y las energías. Si, antes de llegar a cierta edad, no dejas bien instalado en tu interior un sistema como ése, la vida acaba volviéndose monótona y carente de eje. Yo quería dar prioridad al establecimiento de una vida tranquila, en la que pudiera dedicarme a escribir novelas, antes que a las relaciones sociales concretas con la gente de mi entorno. La relación más importante en mi vida debía entablarla, más que con alguien determinado, con una pluralidad indeterminada de lectores. Si estabilizaba mi vida, preparaba un entorno en el que pudiera concentrarme en la escritura e iba produciendo obras de cierta calidad, sin duda muchos lectores lo agradecerían. ¿Acaso no era ésa mi obligación como novelista y mi principal prioridad? Sigo pensando así hoy en día. Yo no veo directamente el rostro de los lectores, y entre ellos y yo se entabla, en cierto sentido, una relación humana conceptual. Pero yo siempre he considerado crucial establecer esa relación «ideal», conceptual, no perceptible a través de la vista.

Fotografía tomada del blog: "Paperblog"

Mea culpa: Este post estaba pendiente desde Julio de este año (2010). Por más que forzo las ardillas de fuerza de mi cerebro, no logro recordar por qué razón había omitido publicarlo.

jueves, 12 de noviembre de 2009

264. Sobre el cuento y la novela



Fotografía tomada del flicker de Henrique Costa Pereira


Por decirlo de la forma más sencilla posible, para mí escribir novelas es un reto, escribir cuentos es un placer. Si escribir novelas es como plantar un bosque, entonces escribir cuentos se parece más a plantar un jardín. Los dos procesos se complementan y crean un paisaje completo que atesoro. El follaje verde de los árboles proyecta una sombra agradable sobre la tierra, y el viento hace crujir las hojas, que a veces están teñidas de oro brillante. Mientras tanto, en el jardín aparecen yemas en las flores y los pétalos de colores atraen a las abejas y a las mariposas, y ello nos recuerda la sutil transición de una estación a la siguiente.


Haruki Murakami

jueves, 4 de junio de 2009

217. Murakami Fever II



No veía claro que hubiera en mí nada que me hiciera superior al resto de los mortales. Al comentárselo, se echó a reír. —Es algo sencillísimo —me dijo—. Todo estriba en que me has buscado. Eso es lo que importa. —¿Y si te busca alguien más? —De momento, quien me ha buscado eres tú. Y, por otra parte, vales mucho más de lo que piensas. —¿Por qué crees que me subestimo? —le pregunté. —Pues porque sólo vives la mitad de tu vida —me respondió llanamente—.

***
He aquí que las sombras de la prisión en torno a nuestro día crecen desbordando el azar...

***

Ahora bien, ¿adónde hay que ir para encontrar algo que tenga sentido? ¿Adónde? No queda nadie que trabaje con honestidad, no nos hagamos ilusiones, del mismo modo que ya nadie respira ni mea con honestidad. Son actitudes que se extinguieron. —Antes no eras tan cínico —me espetó.

***
Nuestra existencia es una sucesión de instantes aprisionados entre el «todo» que queda a nuestra espalda y la «nada» que tenemos delante. Y ahí no hay lugar para el azar, ni tampoco para lo posible.



—Los tiempos han cambiado —le dije—. Y el cambio de los tiempos ha traído el de muchas otras cosas. Aunque eso, al fin y al cabo, me parece bien. Todo se renueva. Nada que objetar.

***

—Lo que te pasa es que te preocupas demasiado por lo que pueda ocurrir luego, y luego, y luego...

***

Lo que quiero decir, en resumidas cuentas, es que no sé si vale la pena engendrar una nueva vida. Los niños crecen, las generaciones se suceden. Y ¿adónde conduce todo eso? Se allanarán más montañas, y se ganará más terreno al mar. Se inventarán vehículos cada vez más veloces, y más gatos morirán atropellados. ¿No tengo razón?



—Se acabó la canción. Sin embargo, la melodía todavía suena.

***

Cierto autor ruso escribió que aunque el carácter puede cambiar, la mediocridad no tiene remedio. Los rusos, de vez en cuando, se descuelgan con frases redondas. Tal vez las meditan durante el invierno.

***

El mundo... Esta palabra siempre me hace pensar en un gigantesco disco sostenido animosamente por un elefante que va montado sobre una tortuga. El elefante es incapaz de comprender la ayuda que le presta la tortuga, la cual, por su parte, no se hace cargo del esfuerzo que tiene que hacer el elefante. Así pues, ni el elefante ni la tortuga llegan a saber nunca cómo es el mundo.

***

El mundo es mediocre. Eso no admite duda. ¿Quiere decirse con ello que el mundo es mediocre desde su origen? De ningún modo. El origen del mundo es el caos, y el caos no es mediocridad.

***

—Todo el mundo tiene alguna cosa que no quiere perder. Y tú también, por descontado —respondió el hombre—. Somos profesionales en dar con ello. La gente debe tener algo a medio camino entre sus deseos y su orgullo, del mismo modo que todo objeto tiene su centro de gravedad, ¿no?

***

—Si no te cojo de la mano, me da la impresión de que voy a ser arrebatada de tu lado y transportada a algún lugar absurdo.

***

Volvimos al hotel, y nos dedicamos a copular. Me encanta el vocablo copular. Encarna una serie determinada y concreta de posibilidades, que conducen directamente al fin deseado.

***

Tras dejar en orden el equipaje, nos dedicamos a copular durante un rato, y luego nos fuimos al cine. En la película, muchas parejas se dedicaban también a copular. Resulta divertido ver copular a los demás, al menos de vez en cuando.



Me entraron ganas de abandonar mi misión y lanzarme monte abajo sin más dilaciones. Pero tampoco eso conducía a nada. Estaba demasiado metido en aquel asunto para zafarme de él sin más. El recurso más fácil sería echarme a llorar dando voces, pero llorar tampoco conducía a ninguna parte. Puestos a llorar, había cosas que merecían más lágrimas, como bien sabía.

***

—Dejémonos de principios generales, como te dije antes. Naturalmente, todos los seres humanos tienen su debilidad. Sin embargo, la verdadera debilidad escasea tanto como la verdadera fortaleza. Tú no sabes lo que es esa debilidad que te arrastra sin cesar a las tinieblas. Pero tal cosa existe, verdaderamente, en este mundo. No se puede reducir todo a generalidades.

***

En realidad, tenía que esfumarse antes o después. En ti, en mí, en tantas chicas que hemos conocido, hay un algo que acaba esfumándose. Sabes que es así.


***

Anduve bordeando el río hasta su desembocadura, y al llegar a los últimos cincuenta metros, ya de playa, me senté. Estuve llorando durante dos horas. No había llorado tanto desde que nací. Tras esas dos horas de llanto, conseguí incorporarme. No sabía adónde ir, pero me puse en pie y sacudí la arena que se me había adherido al pantalón. Ya había oscurecido. Al echar a andar, escuché a mi espalda el murmullo de las olas.


Fotografías de tomadas del flickr de Last Kokoro

lunes, 25 de mayo de 2009

210. Murakami fever I


1. La excursión del miércoles por la tarde

Ella se sentaba siempre en el mismo sitio, hincaba los codos en la mesa y se quedaba absorta en la lectura de un libro. Sus gafas de montura metálica, semejantes a un aparato de ortodoncia, y sus huesudas manos le daban un indefinible atractivo que invitaba a acercársele. Su café estaba siempre frío, mientras que su cenicero se hallaba indefectiblemente rebosante de colillas. Lo único que variaba era el título del libro. Tanto leía a Mickey Spillane como a Kenzaburo Oé o al poeta Allen Ginsberg. En resumidas cuentas, parecía que con tener un libro delante se daba por satisfecha. Los estudiantes que rondaban por la cafetería siempre estaban dispuestos a prestarle libros. Ella los engullía en serie, enfrascada en su lectura igual que si comiera a dentelladas mazorcas de maíz. Y como entonces la gente disfrutaba prestando libros, creo que jamás le faltó algo que leer.

***
—El sol se remonta, para hundirse después. La gente viene y va. El tiempo corre como el aire. ¿No es una verdadera excursión?

***

Prisionero de una serie de desesperantes y enrevesadas circunstancias, durante muchos meses me sentí incapaz de avanzar ni un paso. Llegué a tener la sensación de que mientras el mundo continuaba su marcha, yo permanecía atascado en el mismo lugar. [...] cuanto entraba por mis ojos era una invitación a la nostalgia; todo se traducía para mí en un vertiginoso marchitarse de los colores. La luz solar y el aroma de la hierba, y hasta el tenue son de la llovizna, me llenaban de fastidio.

***

Tengo la impresión de que, durante aquellos meses, más de una vez tuve peleas desabridas con ella. ¿Qué provocaba nuestras discusiones? No lo recuerdo con claridad. ¡Quién sabe si, en realidad, lo que buscaba yo entonces no era enfrentarme conmigo mismo! Sea como fuere, ella no parecía sentirse afectada en lo más mínimo. Puede que incluso —por decirlo acentuando las tintas— llegara a pasárselo en grande con todo aquello. No entiendo por qué. Quizá lo que esperaba de mí, al fin y al cabo, no fuera precisamente amabilidad. Cuando lo pienso, aún me siento sorprendido. Es algo así como la triste sensación que invade a quien ha tocado con la mano una extraña pared, invisible para sus ojos, suspendida en el aire.

***

Oír aquellas canciones me hizo pensar que en los últimos diez años el mundo no había cambiado mucho, sólo cambiaba que los cantantes y los títulos de las canciones eran distintos, y que yo, por mi parte, era diez años más viejo; eso era todo.

de La caza del carnero salvaje


Fotografías:
The last of the japanese maple de pixe_annie (Still off & on)'s photostream
Autumn path de love_child_kyoto's photostream


lunes, 18 de mayo de 2009

206. De Kafka a David Lynch, o perdidos en Murakami.

Azulejo, fotografia tomada del flickr de pajaroquedacuerda


La locura ha sido abordada de manera magistral en la literatura. Desde la Biblia hasta Kakfa pasando por muy diversos creadores, pensadores y filósofos. Pero, ¿qué sucede cuando aquellos que fueron tachados de haber perdido el juicio, o hasta juzgados y condenados por defender sus ideas (se me viene a la memoria Copérnico, o Giordano Bruno) son reinvindicados años después de su muerte? O mejor aún ¿qué sucede cuando cualquier persona, nuestros vecinos o amigos, comienzan a comportarse de una manera extraña, cuando su rutina se ve interrumpida por cuestiones ajenas a la realidad inteligible a la que día con día despertamos y creemos que es la única y verdadera. Olvidamos que hay tantas realidades como seres humanos y quizá hasta más. Todo esto nos lo recuerda el escritor japonés Haruki Murakami, uno de los más importantes y enigmáticos autores. Aunque su obra entera se caracteriza, entre otras cosas, por pasajes donde la aparente locura de los personajes es básica para la trama, destacaría dos novelas principalmente: Kafka en la orilla y Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, ambos bastante fáciles de conseguir en cualquier librería.

Kafka en la orilla vendría siendo en literatura, en novela, el equivalente a alguna de las más alucinantes películas del director David Lynch (Lost highway, Empire land…). En esta novela, como en muchas de Murakami, la trama comienza cuando al personaje central comienzan a sucederle cosas inexplicables, como si un destino inevitable lo tuviera asido y lo condujera a actuar de manera contraria a lo que su racionalidad ordenaría. Se confunde la realidad con el sueño o viceversa y no hay tierra firme en la cual sostenerse. La realidad, esa mentada isla que parece infinita, pierde solidez para convertirse en una zona pantanosa de la cual por momentos parece imposible escapar. Se persiguen ideas, situaciones, rumores, jamás algo concreto: el y si hubiera exponenciado geométricamente en cada página. Tiempo y espacio se curvan hasta rozar peligrosamente su paralelo del mundo real, nuestro mundo real, y es en este roce donde justamente interactúan los personajes en situaciones límite que al lector por supuesto lo dejan en el límite del gozo literario.

Y si Kafka en la orilla puede ser un filme de Lynch, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo bien podría catalogarse como un extenso capítulo de aquella serie que tenía por nombre La dimensión desconocida. En este caso la historia comienza con la desaparición de un gato (los gatos, otro motivo de Murakami) y la recepción de extrañas llamadas eróticas por parte del personaje principal, un joven de 32 años, con seis de matrimonio y en un punto en su vida en que ha dejado todo aquello que pensó le daría seguridad y en lo que se asentaría su futuro. Lo que sigue es la transformación de su mundo normal en una serie de sucesos que lo llevaran a la parte más oscura de su ser, y no sólo el de él, sino de los diferentes personajes que aparecen a lo largo de las páginas. Después de la desaparición del gato, desaparece aparentemente sin motivo su esposa, a la que ama, y la que deja sólo una carta en la que dice que lo ha engañado con otro hombre y que por lo tanto ya no es digna de estar a su lado. Esto ha de disparar una intensa búsqueda, el detonante para que el protagonista conozca a variopintos y extraños personajes que lo conducirán por caminos de locura en los que tendrá que conocer la más completa oscuridad de un pozo, su propia existencia. Como el azar pareciera no existir, y sí por el contrario un mundo paralelo en el que lo que creemos realidad es apenas un esbozo, un pálido reflejo, la oscuridad a veces atrapa sin la posibilidad de escape, para tener presente que la locura se encuentra apenas a un paso de nosotros, como una sombra, y ni siquiera nos percatamos de ello.

domingo, 10 de mayo de 2009

204. Días de encierro, reload

Es triste, muy triste, comprobar que en algunas ocasiones el querer mucho a alguien no es suficiente para evitar hacerle daño. De pronto uno es lo peor que le pudo ocurrir, y por más empeño, por más esfuerzo que se ponga en estar bien con esa persona, todo parece estar encaminado a terminar en un pozo seco y oscuro.

A. Murakami

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