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sábado, 4 de septiembre de 2010

296. De qué hablo cuando hablo de Murakami

Terminé de leer De qué hablo cuando hablo de correr de Murakami.



Imagen tomada del blog: "Pies para que os quiero"

Me gusto mucho el libro, sobre todo el simil que hace entre correr (yo me digo a mi mismo hacer un deporte, en mi caso ahora que voy a la alberca tres veces por semana) y escribir. Por largo tiempo Murakami fue conocido apenas por unos cuantos seguidores, sin embargo en el último lustro se ha convertido en uno de los narradores más leídos en diferentes lenguas.

De que hablo cuando hablo de correr es un libro al vuelo, apuntes con reflexiones sobre el hecho de correr y su significado para en la vida del escritor japonés, y las reflexiones de un autor sobre su trabajo.

Estoy convencido que para algunos leer este libro será una motivación para dejar la vida sedentaria y agarrar el ritmo de la escritura.

Dejo pues algunos párrafos con los que me sentí identificado y que cada quién concluya lo que quiera.

"Dimos un fuerte golpe de timón para virar en redondo desde nuestros siete años de vida de "apertura" hacia una vida de «cierre». Creo que esa etapa de «apertura» constituyó una buena experiencia. Si lo pienso, comprendo que aprendí muchas cosas importantes. Esa época fue para mí algo así como la educación general básica de la vida, mi verdadera escuela. Pero no podía continuar eternamente con ese tipo de vida. Y es que la escuela es un lugar en el que se entra, se aprende algo y se sale.

De este modo iniciamos una vida sencilla y regular en la que nos levantábamos antes de las cinco de la mañana y nos acostábamos antes de las diez de la noche. La franja horaria del día en la que uno rinde más depende, por supuesto, de cada persona, pero, en mi caso, es la de las primeras horas de la mañana. En ellas concentro mi energía y consigo terminar las tareas más importantes. En las demás horas hago deporte, despacho las tareas cotidianas y ventilo los asuntos que no precisan de demasiada concentración. Al ponerse el sol, ya no trabajo. Leo libros, escucho música, me relajo y me acuesto lo antes posible. Hasta hoy, mis días han seguido más o menos ese patrón. Y creo que, afortunadamente, en estos veinte años he desarrollado mi trabajo con bastante eficiencia. Ahora bien, si se lleva esta clase de vida, cosas como las salidas nocturnas desaparecen casi por completo y las relaciones sociales sin duda también se van resintiendo. Alguno incluso se ofende. Porque si te invitan a ir a algún sitio o te proponen hacer algo, entonces hay que declinar la invitación.

Es sólo mi opinión, pero, en la vida, a excepción de esa época en la que se es realmente joven, deben establecerse prioridades. Hay que repartir ordenadamente el tiempo y las energías. Si, antes de llegar a cierta edad, no dejas bien instalado en tu interior un sistema como ése, la vida acaba volviéndose monótona y carente de eje. Yo quería dar prioridad al establecimiento de una vida tranquila, en la que pudiera dedicarme a escribir novelas, antes que a las relaciones sociales concretas con la gente de mi entorno. La relación más importante en mi vida debía entablarla, más que con alguien determinado, con una pluralidad indeterminada de lectores. Si estabilizaba mi vida, preparaba un entorno en el que pudiera concentrarme en la escritura e iba produciendo obras de cierta calidad, sin duda muchos lectores lo agradecerían. ¿Acaso no era ésa mi obligación como novelista y mi principal prioridad? Sigo pensando así hoy en día. Yo no veo directamente el rostro de los lectores, y entre ellos y yo se entabla, en cierto sentido, una relación humana conceptual. Pero yo siempre he considerado crucial establecer esa relación «ideal», conceptual, no perceptible a través de la vista.

Fotografía tomada del blog: "Paperblog"

Mea culpa: Este post estaba pendiente desde Julio de este año (2010). Por más que forzo las ardillas de fuerza de mi cerebro, no logro recordar por qué razón había omitido publicarlo.

sábado, 11 de abril de 2009

191. "Esta tierra que soy"



Esta Tierra que soy, novela de Hilda Figueroa, que se puede abordar de muy diversas lecturas, y que abreva de ricas y variadas fuentes, es la historia de una saga familiar, clave indiscutible de las grandes novelas, que nos cuenta las peripecias y engranajes de generaciones familiares: abuelos, padres, hijos, nietos y toda la gama de tonos que nos da la vida misma con sus tragedias, pero también con sus alegrías. Julián, uno de los dos personajes centrales, casi centenario, nos lleva, sin ser precisamente el narrador en todas las ocasiones, a un viaje que inicia en su infancia y culmina en el momento de su aliento último.Viajamos de un país rural, donde la palabra y el honor aún son pilares fundamentales de la vida cotidiana junto, sin lugar a dudas, la fe, a una ciudad en crecimiento, cada día más poblada y donde la tranquilidad se ha ido perdiendo diluida en los sonidos de una gran metropoli con todo lo que quienes la habitamos podemos mirar hoy en día.

Es también la historia de las escaramuzas de Julián con su destino, su fortuna y más que nada con la muerte. Esa idea, ese suceso que a todos nos espera pero que sigue siendo tan incomprensible como desde hace miles de años lo fue para el hombre del neolítico. Es la novela de un hombre que cuando niño tuvo que enfrentar la ausencia de una madre aún antes de comprender lo que es un duelo y se vio forzado a madurar aunque fuese de forma incompleta, y de ahí, de la fuerza emergida del coraje, de la sin razón, le vino el apretar los puños y encarar no una, sino un par de veces más, el momento final y lograr salir avante.

Es la historia de Alejandra, huérfana en esta caso de padre, de su fe y dignidad ante todo, del amor cocinado a fuego lento como antaño, a la antigüita, y la cercanía brindada por el ser amado con su dosis alta de respeto y temor, y también de resignación. Toda novela es la exploración psicológica de sus personajes, sus miedos y sus odios, su piedad y su orgullo, cada uno de estos ladrillos son los que toma Hilda y va construyendo el andamiaje que después será cubierto de palabras y poesía.

Es la historia, tras bambalinas, como no queriendo, omnisciente, de una ciudad que dio cabida no nada más a Julián y Alejandra, sino a muchos que como ellos tuvieron que dejar sus costumbres y su vida para adaptarse a la metropoli, que vieron como el paisaje tranquilo del campo se transformó en avenidas y edificios que fueron emergiendo sin ton ni son por donde fueron encontrando espacio. No por gusto, sino porque era la apuesta: un nuevo comienzo. Así, la ciudad se vuelve un tercer personaje, poético, y testigo no sólo de Julián y Alejandra, de su hija única que para que toda pieza encaje, forma parte de la tragedia que a veces inexplicablemente es una vida. Mas la ciudad no es sólo un narrador omnisciente, corren venas invisibles por sus calles, y su piel de fachadas sufre con cada retoque, con cada guerra, con la sangre derramada, con las heridas que a lo largo de más de un siglo atestiguan su transformación.

Esta tierra que soy, este polvo que soy. Nada es imperecedero y a fin de cuentas habremos de volver a la tierra madre de la que nacimos. Pero en el transcurrir de la vida, que es el tiempo nuestro verdaderamente, habremos de sacar el coraje y la fuerza interna para seguir adelante a pesar de los obstáculos, de los miedos, del dolor. Convertir nuestros duelos en motivaciones, combustible, me parece que, más allá de lo bien escrito, de lo poético que puede ser, es la idea que se escurre entrelíneas por la que bien valdría asomarse a estas páginas y no soltarlas de principio a fin.

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