lunes, 25 de mayo de 2009

210. Murakami fever I


1. La excursión del miércoles por la tarde

Ella se sentaba siempre en el mismo sitio, hincaba los codos en la mesa y se quedaba absorta en la lectura de un libro. Sus gafas de montura metálica, semejantes a un aparato de ortodoncia, y sus huesudas manos le daban un indefinible atractivo que invitaba a acercársele. Su café estaba siempre frío, mientras que su cenicero se hallaba indefectiblemente rebosante de colillas. Lo único que variaba era el título del libro. Tanto leía a Mickey Spillane como a Kenzaburo Oé o al poeta Allen Ginsberg. En resumidas cuentas, parecía que con tener un libro delante se daba por satisfecha. Los estudiantes que rondaban por la cafetería siempre estaban dispuestos a prestarle libros. Ella los engullía en serie, enfrascada en su lectura igual que si comiera a dentelladas mazorcas de maíz. Y como entonces la gente disfrutaba prestando libros, creo que jamás le faltó algo que leer.

***
—El sol se remonta, para hundirse después. La gente viene y va. El tiempo corre como el aire. ¿No es una verdadera excursión?

***

Prisionero de una serie de desesperantes y enrevesadas circunstancias, durante muchos meses me sentí incapaz de avanzar ni un paso. Llegué a tener la sensación de que mientras el mundo continuaba su marcha, yo permanecía atascado en el mismo lugar. [...] cuanto entraba por mis ojos era una invitación a la nostalgia; todo se traducía para mí en un vertiginoso marchitarse de los colores. La luz solar y el aroma de la hierba, y hasta el tenue son de la llovizna, me llenaban de fastidio.

***

Tengo la impresión de que, durante aquellos meses, más de una vez tuve peleas desabridas con ella. ¿Qué provocaba nuestras discusiones? No lo recuerdo con claridad. ¡Quién sabe si, en realidad, lo que buscaba yo entonces no era enfrentarme conmigo mismo! Sea como fuere, ella no parecía sentirse afectada en lo más mínimo. Puede que incluso —por decirlo acentuando las tintas— llegara a pasárselo en grande con todo aquello. No entiendo por qué. Quizá lo que esperaba de mí, al fin y al cabo, no fuera precisamente amabilidad. Cuando lo pienso, aún me siento sorprendido. Es algo así como la triste sensación que invade a quien ha tocado con la mano una extraña pared, invisible para sus ojos, suspendida en el aire.

***

Oír aquellas canciones me hizo pensar que en los últimos diez años el mundo no había cambiado mucho, sólo cambiaba que los cantantes y los títulos de las canciones eran distintos, y que yo, por mi parte, era diez años más viejo; eso era todo.

de La caza del carnero salvaje


Fotografías:
The last of the japanese maple de pixe_annie (Still off & on)'s photostream
Autumn path de love_child_kyoto's photostream


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