domingo, 14 de diciembre de 2008

158. "Fuera del papel soy muy normal" entrevista a Murakami

Cd de México (14 diciembre 2008).- En el exclusivo barrio tokiota de Omote-sando, se encuentra la oficina de Haruki Murakami, donde el escritor concede una de las contadas entrevistas largas de su carrera, coincidiendo con la publicación de After Dark.

En la oficina, trabajan su asistente y tres personas más encargadas de llevar sus asuntos profesionales.

"A veces me siento una industria en mí mismo, una máquina que no deja de producir y que los otros gestionan", comenta el escritor, quien hace ya 30 años tuvo una iluminación durante un partido de beisbol que lo empujó a cerrar su club de jazz Peter Cat para ponerse a escribir.

Son las 11:00 horas, pero ya hace una hora que ha acabado su jornada laboral. Se ha levantado a las 4:00, ha ido a nadar a un club deportivo cercano, ha revisado parte de su próxima novela y luego se ha dirigido aquí a proseguir con la traducción de Adiós, muñeca, de Raymond Chandler, una actividad que para él no cuenta como trabajo, es un pasatiempo, un placer, y que realiza en una mesa sobre la que reposa un reloj con la cara de un gato (figura con propiedades de médium muy recurrente en sus libros) y una pelota de beisbol firmada.

Desafiando su proximidad a los 60 años, últimamente se ha pasado a los triatlones. Para más información sobre su faceta atlética, se puede consultar el reciente libro What I Talk About When I Talk About Running.

Escribir como nadar

Murakami se piensa las respuestas con detenimiento, es atento sin caer en la calidez, y huye de sesudas teorías interpretativas cuando explica sus motivaciones para escribir y la naturaleza de sus historias, lo cual quizá preserve la fascinación que las envuelve.

Llegó relativamente tarde a la escritura, con 29 años. ¿Cómo transcurrió su vida antes de ello?
Tuve una infancia feliz. Empecé a escribir porque me apetecía hacerlo; no hubo otro motivo. No sentí la necesidad de corregir, reparar o expiar ninguna experiencia, tampoco de comunicarle al mundo nada especial. Ocurrió algo tan simple como que un buen día quise ponerme a contar historias, supe que había llegado el momento.

Lo que usted sí ha dejado claro es que no estaba cortado para un empleo de 9:00 a 17:00 horas.
Fui un estudiante normal y corriente, pero me tocó vivir esa etapa en los turbulentos años 60, los de la contracultura, las protestas por la guerra de Vietnam, las luchas juveniles contra el Gobierno y el orden establecido... Todo ello debió contribuir a que no quisiera formar parte del sistema ni acabar metido en un traje y trabajando para una empresa. Deseaba ir a la mía, ser independiente, por eso abrí un club de jazz. Por aquel entonces ni siquiera sabía qué quería, no tenía la más remota idea de que contara con talento para escribir, simplemente me encantaba leer. De no haber dado el paso, es posible que hubiese continuado con el club. Ahí disfrutaba escuchando a diario mi música preferida, invitando a bandas; era divertido.

¿Cómo se explica su conexión con millones de lectores en todo el mundo?
Honestamente, ignoro los motivos. Pero, si he de aventurar una teoría, creo que no hay más secreto que éste: si entre manos tienes una buena historia, cargada de fuerza, acabará por encontrar su público. Aprecio la prosa bella y una trama inteligente, pero al final lo que cuenta es tener al lector pendiente de lo que ocurrirá a continuación. Que éste no pueda parar de preguntarse por el próximo movimiento; eso es una buena historia.

¿Cuáles fueron los primeros autores que le hicieron sentir eso?
A los 14 ó 15 años, me pasaba la noche entera leyendo a los clásicos rusos. Aún recuerdo la felicidad que sentí al devorar Guerra y paz. A día de hoy, me he leído Los hermanos Karamázov cuatro veces. Me gustan los libros enormes, las historias larguísimas que me fuerzan a sumergirme en ellas durante mucho tiempo. Como escritor, las novelas río también son las que más disfruto.

¿Cómo se gesta un libro de Haruki Murakami?
Las ideas tardan en madurar dentro de mi cabeza. Las historias salen de algún lugar en las profundidades de mi ser. Nunca he sufrido un bloqueo creativo. A estas alturas, ya he desarrollado una técnica para encontrar las palabras adecuadas; llevo casi tres décadas dedicándome a esto. Quiero decir que soy un escritor y está en mi naturaleza encontrar lo que tengo que decir, igual que un matemático sabe la fórmula que ha de aplicar a la ecuación o el jugador de ajedrez elucubra el siguiente movimiento. Más allá no puedo ir. Veamos, soy un nadador, me gusta y se me da bien, pero no sé explicar lo que hacen mis brazos o mis piernas cuando estoy en el agua. Con la escritura pasa lo mismo, sé hacerlo, pero no describir cómo lo hago. Escribo como nado.

Por otro lado, necesito sentir que ha llegado el momento de sentarme a trabajar. Si no, prefiero esperar. Esto no tiene nada que ver con la paz mental, la tranquilidad o la apertura de miras; es simplemente una sensación. Cuando me llega el momento, me pongo a trabajar disciplinadamente. Me zambullo en el relato durante tres o cuatro horas diarias, produciendo cada jornada casi la misma cantidad de páginas. Y, puesto que soy mi primer lector, necesito desconocer lo que va a ocurrir, si no resultaría aburridísimo.

¿Arranca con una imagen o escena?
Sí. After Dark , por ejemplo, surgió de la visión de un chico que entra en una cafetería de noche, encuentra a una chica leyendo en una mesa y piensa que le resulta familiar. ¿Quién es él? ¿Quién es ella? ¿Qué va a ocurrir entre ellos? Siento gran curiosidad por cuestiones de este tipo, y para despejarlas he de escribir.

Abrir y cerrar puertas

¿Lo obsesionan sus libros mientras los está escribiendo?
En absoluto. Al acabar de escribir, dejo la historia a un lado y me dedico a tareas que me agraden, como por ejemplo planchar o cocinar.

¿Cómo ha evolucionado su escritura con el paso de los años?
Cuando empecé me interesaba retratar a la gente de mi edad, a jóvenes de 20 ó 30 años deambulando por la gran ciudad, tipos a la búsqueda de algo que los llevaba a vivir experiencias curiosas. Al hacerme mayor, he ido tomando distancia respecto a mis personajes. El protagonista de Kafka en la orilla tiene 15 años y la de After Dark, 19, mientras que la de Sputnik, mi amor es una adolescente lesbiana. ¿Qué demonios puedo decir yo de esta gente tan alejada de mi momento vital? Pues, misteriosamente, al ponerme a escribir me descubro sabiendo qué piensan y sienten, cómo se comportan, cuáles son sus sueños, qué los alegra o los apena. Por alguna extraña razón, desde fuera no tengo ni la más remota idea, pero desde dentro los entiendo del todo.

Sus últimos dos libros, Kafka en la orilla y After Dark, han ganado en oscuridad y elementos perturbadores respecto a trabajos anteriores.

Lo cierto es que me considero una persona muy optimista. Mis personajes siempre acaban encontrando una vía o una solución para superar sus problemas, pero por el camino tienen que sufrir y enfrentarse a la oscuridad, a la maldad, a la extrañeza y, en ocasiones, incluso a la violencia. Creo que mis historias quedan resumidas en esta idea.

¿De aquí la imagen recurrente de un pozo en su obra?
El pozo significa que, aunque uno se encuentre dentro de un agujero muy profundo, si lo intenta con todas sus fuerzas puede salir a la superficie, regresar de nuevo a la luz. Abriendo el objetivo, si la historia que se narra es potente, el protagonista, el escritor y el lector podrán cruzar el libro y llegar juntos al otro lado.

¿Cree que tiene un don para verter sobre el papel emociones y sentimientos? Pienso en la extrema sensibilidad que ha demostrado en novelas como Tokio blues o Al sur de la frontera, al oeste del sol.
No lo sé. Cuando escribo ficción, me convierto en alguien especial, sufro una transformación. Pero, lejos de mi mesa de trabajo, soy una persona corriente. ¿Tengo algo especial? La respuesta es sí y no. Al escribir, quizá sí, pero en otra situación me comporto y hablo como el vecino. Digamos que cuando escribo abro la puerta a otra habitación y me encierro en ella, voy al otro lado. Pero, cuando dejo de hacerlo, abro esa misma puerta, salgo por ella y regreso a este lado.

¿A qué se debe su aversión a dar entrevistas y a mostrarse en público?
Mucha gente se siente decepcionada al conocerme, pues esperan que yo sea alguien especial y no puedo complacerlos, porque fuera del papel soy muy normal. Tampoco es que me considere una persona muy tímida. Por ejemplo, ahora vengo de ofrecer una lectura y una charla a 2 mil personas en la Universidad de Berkeley (California). Me la paso bien con la gente; sé cómo hacer reír al público. Pero, al mismo tiempo, me agota intentar ser lo que la gente espera por mis libros. Soy un escritor, mi trabajo es escribir, no hablar. Además, deseo permanecer en el anonimato, poder viajar en el metro de Tokio sin que me reconozcan.

Lo paranormal y lo fantástico tienen una marcada presencia en sus libros, pero se integran fluidamente con la realidad y con la historia que está narrando. ¿Siente que este mundo y los del otro lado se comunican de una manera muy directa?
No puedo escribir de forma realista, porque la ficción me obliga a entrar en esa otra habitación, que es muy oscura, silenciosa y en la que soy testigo de multitud de cosas extrañas, salvajes y surrealistas. Ahora bien, se presentan frente a mis ojos de una manera muy natural y espontánea.

Cuando escribo, desciendo a las profundidades de mi mente. Cuanto más bajo, más peligroso resulta. Debo ser fuerte para enfrentarme a las criaturas, a las imágenes y a los sonidos que moran ahí; necesito valor para atreverme a abrir puertas que me provocan mucho miedo.

Sé que suena esquizofrénico. Ir de un mundo al otro es delicado y hay que hacerlo con cuidado, porque el precipicio está muy presente. Por fortuna, soy un escritor y puedo ir y regresar a mi antojo, mientras que hay gente en la vida real que se extravía fatalmente. Todo el mundo tiene la capacidad de plantarle cara a sus obsesiones, pero sólo una minoría se atreve.

De aquí que el ejercicio físico sea para usted una prioridad.
Exacto. Corro y nado a diario porque, al tener que ver tantas cosas poco saludables, me resulta imprescindible estar en forma.

Tiene una casa en la isla de Kauai (Hawai), cerca del lugar de rodaje de la serie Perdidos. ¿Casualidad?
La compré antes de que la emitieran, porque Hawai es un sitio muy tranquilo para retirarse a trabajar, y es ideal para correr. También es verdad que me entusiasma la serie, no había visto nada igual desde Twin Peaks.La veo en DVD. Pero --al contrario que muchos de mis vecinos y pese a haberme cruzado más de una vez con los equipos de filmación-- soy un negado para reconocer los escenarios.

¿Quién soy?

Lleva años escribiendo una novela que, según se comenta, será la más extensa que jamás haya completado.

Hace dos semanas que la acabé y ahora estoy inmerso en su corrección. Doblará en extensión a Kafka en la orilla.No puedo avanzar el título, pero la historia surgió a partir del mismo. Es una novela compleja, rara y llena de giros, pero básicamente explica una historia de amor. Está repleta de personajes y tiene romance, terror, misterio...

¿Cree que aún tiene que dar lo mejor de sí como escritor?
Claro. Dostoievsky es mi ídolo y mi modelo: escribió sus mejores libros después de los 60, y eso es precisamente lo que deseo para mí.

Ha traducido a escritores como Fitzgerald, Capote o Carver. ¿Hay algo de ellos que lo fascine y que quisiera transmitir a sus lectores?
De joven leí con entusiasmo a Kurt Vonnegut y Richard Brautigan; me resultaron accesibles y me hicieron sentir que podría escribir así. Mi aspiración es ser como ellos. No quiero ser tan elevado que asuste a los demás y los haga pensar que no pueden seguir mis pasos. En el fondo, sólo deseo ofrecer a mis lectores una buena historia que los divierta.

¿Qué es lo que más le gusta de Japón y lo que más le molesta?
Los japoneses tienen una alta concepción de la decencia, trabajan duro y son muy organizados. Eso hace que me sienta a gusto. Pero a veces resultan demasiado exigentes y sofocantes. Por ello de joven quise ser cosmopolita, me entraron ganas de ser libre y viví muchos años lejos de mi país. Sin embargo, me siento un escritor cien por ciento japonés. Aunque no soy nacionalista, me embarga la responsabilidad de ofrecer a los japoneses lecturas de calidad.

¿Qué ha aportado su fanatismo por el jazz a su forma de escribir?
Del jazz he aprendido tres lecciones que luego he aplicado a mis libros: ritmo, armonía e improvisación.

¿Cómo va su colección de vinilos?
Debo llevar unos 10 mil discos y me están comiendo el espacio. Por las mañanas suelo escuchar música clásica, jazz por las tardes, mientras que en el coche me pongo pop y rock.

¿Qué libros le han causado una honda impresión últimamente?
Ahora leo más que nada libros de no ficción. Acabo de disfrutar mucho con uno en el que Paul Theroux relata uno de sus viajes por África. Quizá la última novela que me noqueó fue Nunca me abandones, de Kazuo Ishiguro, para mí uno de los más grandes escritores contemporáneos.

¿Siente algún tipo de presión creativa por ser una celebridad mundial?
En absoluto. Soy muy productivo porque me lo paso estupendamente, no sé lo que es el estrés. Llevo una vida muy rutinaria, que el éxito no ha logrado cambiar: madrugo, corro, escribo, cocino, voy a partidos de beisbol, leo, me acuesto pronto... Éstas son mis distracciones, mi vida es un ejemplo palmario de calma.

¿Qué lo empuja a madrugar a diario para seguir escribiendo?
En breve cumpliré 60 años y aún no sé grandes cosas acerca de mí mismo. He estado escribiendo mucho con el objetivo de conocerme, pero he avanzado poco. En última instancia, me dedico a la ficción para saber quién soy, qué hay dentro de mi cabeza. Cada nuevo libro es una forma de conocerme, pero el proceso es lento. Sigue habiendo tanta oscuridad que la batalla se promete larga.

Hachette Filipacchi/ Qué leer

Page rank

G E O G L O B E

Contador de visitas

FEEDJIT Live Traffic Map

Experimentos con la verdad © 2008. Template by Dicas Blogger.

TOPO