miércoles, 17 de septiembre de 2008

113. Apuntes al Sur de la frontera

En este mundo hay cosas que son recuperables y otras que no. Y el paso del tiempo es algo definitivo. Una vez has llegado hasta aquí, ya no puedes retroceder. ¿No crees? -Asentí-. A mi me parece que con el paso del tiempo hay cosas que solidifican. Como el cemento dentro de un cubo. Y entonces ya no se puede retroceder. Lo que quieres decir es que el cemento que tú eres eres ya ha fraguado del todo y que no es posible ningún otro tú que el de ahora, ¿no es así?

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Me sentía lleno de felicidad. Aquel dulce tacto me caldeó el corazón durante muchos días. Pero al mismo tiempo me turbo, me confundió, me angustió. ¿Qué diablos tenía que hacer con aquella felicidad? ¿Hacía dónde debía conducirla?

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En el curso de toda mi vida, son contadas las ocasiones en que me he sentido atraído por mujeres bellas en el sentido general del termino. A veces he ido andando por la calle con un amigo que de improviso comentaba: "¿Has visto? ¿Te has fijado en lo guapa que era esa chica?", pero yo, cosa extraña no lograba recordar el rostro de esa "hermosa" mujer. Tampoco me han fascinado jamás las actrices guapas ni las modelos. No sé por qué, pero es así. Ni siquiera en la adolescencia, cuando la frontera entre el mundo real y el de los sueños es tan imprecisa y los anhelos exhiben su fuerza de una manera casi prodigiosa, jamás me gustaron las chicas guapas sólo por el hecho de hacerlo.

Lo que me atraía no era la belleza externa cuantificable e impersonal, sino algo más absoluto que se hallaba en el interior. De la misma manera que hay quien ama secretamente los diluvios, los terremotos y los apagones, yo prefería ese algo recóndito que alguien del sexo opuesto emitía hacia mí. A ese algo voy a llamarlo aquí magnetismo. Una fuerza que te atrae y te absorbe, te guste o no te guste, quieras o no.

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Me hice a la idea de que el trabajo era en sí una labor mecánica y aburrida y que debía disfrutar al máximo de la vida empleando el tiempo libre de la forma que más me conviniera. Por eso jamás iba de copas con los compañeros. No es que fuera insociable o que me sintiera apartado de los demás. Sólo que, acabadas las horas de trabajo, no estaba dispuesto a entablar activamente relaciones personales con mis compañeros. En lo posible, quería preservar mi tiempo para mí.

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Me encerré más en mi propio mundo. Me acostumbré a comer solo, a pasear solo, a ir a la psicina, a los conciertos y al cine solo. No sentía por ellos ni soledad ni amargura. A menudo pensaba en Shimamoto y en Izumi. Dónde estarían, qué harían. Tal vez se hubiesen casado. Tal vez tuviesen hijos. De cualquier modo me habría gustado verlas y hablar con ellas, aunque fuera sólo un rato. Una hora siquiera. A shimamoto y a Izumi hubiera podido expresar mejor mis sentimientos. Pasaba las horas imaginando la forma de reconciliarme con Izumi o la forma de reencontrar a Shimamoto. Pensaba en lo maravilloso que sería vovler a verlas. Pero no hice nada para realizar ese sueño. Al fin y al cabo, eran dos seres que se habían perdido ya lejos de mi vida. Es imposible que el reloj avance en dirección contraria. Empecé a hablar a solas y a beber solo por las noches. También fue en esta época cuando me convencí que jamás me casaría.

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La vida de alguien es, al fin y al cabo, su vida. Tú no puedes responzabilizarte de la vida de los demás. Este mundo es como el desierto y todos tenemos que hacernos la idea. [...] Si llueve, las plantas florecen; si no llueve, se secan. Los insectos son devorados por las lagartijas; y las lagartijas, por los pájaros. Pero, en definitiva, todos acaban muriendo. Y, después muertos, se secan. Cuando una generación muere la sucede la siguiente. Es así. Hay muchas maneras de vivir. Hay muchas maneras de morir. Pero eso no tiene ningúna importancia. Al final, sólo queda el desierto. El desierto es lo único que vive de verdad.

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Algunas cosas desaparecen de repente como si las hubieran cortado. Otras se van difuminando despacio antes de borrarse definitivamente. "Y lo único que queda es el desierto".

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-¿Y por qué no lees novelas modernas?
-Tal vez sea porque no me gusta que me defrauden. Cuando leo un libro malo, tengo la sensación de haber malgastado mi tiempo. Y eso me decepciona. Antes no me sucedía. Disponía de mucho tiempo y, aunque pensara: "¡Vaya tontería acabo de leer!", siempre tenía la impresión de que algo habría sacado de allí. Dentro de lo que cabía, claro. Pero ahora no. Sólo pienso que he perdido el tiempo. Quizá tenga que ver con hacerse viejo.

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Es algo muy simple. Lo he visto muchas veces. Todo lo que tiene forma desaparece antes o después. Sin embargo, hay un tipo de sentimientos que permanecen para siempre.

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Nadie se sumerge en una aventura esperando resultados mediocres. La gente, pese a tener un chasco nueve de cada diez veces, desea al menos tener una experiencia suprema, aunque sólo sea una vez. Y eso es lo que mueve el mundo. Eso es el arte supongo.

Haruki Murakami

1 Comentário:

Anónimo dijo...

:)nice

espero verte el finde para darte el libro de Miklos que te prometí. Presiento que andaré pa´abajo, unos alcoholes y un amigo no me vendrían mal.

atte. Yo Mera

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