sábado, 12 de julio de 2008

97. Tsugumi

Desde que leí una cita de este libro en el blog de Ricardo Solís supe que debía leerlo. Es extraño, enamoramiento insensato, adolescente: la certeza de que tienes que hacer algo, leer algo, guiado por una mano invisible, retadora, maliciosa. Lo cierto es que la escritura de Yoshimoto me ha cautivado desde que hace ya un tiempo (primero, un día, Jazmín me llevó a las páginas de Kitchen; mucho después, Ruth, a Sueño Profundo). A partir de entonces no paro de recomendarla.

Lo que me encanta de las historias de Yoshimoto es el juego, siempre presente en sus personajes y circunstancias, de la vida y la muerte (tan griegos), la delgada línea entre la felicidad y la ausencia, la melancolía y la plenitud. Su escritura parecer flotar sobre el papel y a mi yo lector lo hace flotar entre paisajes de lluvia y neblina pero tan cálidos como los que sólo un interior en el que el fuego de una chimenea arde y el aroma a madera quemada se mezclan pueden dar. Oraciones que apenas son rasgos: haikus en prosa. Ese no se qué de algunos autores japoneses -Murakami, Ishiguro... (que yo encuentro en ellos)-, de plasmar un paisaje en unas cuantas palabras, un esbozo enriquecido de profundidad con apenas una mirada, un trazo, tinta apenas diluida en el papel, escritura flotante, leve.

Textos donde la ausencia y el amor se follan trastocando estos lluviosos, nublados días de verano, a la par que la lluvia dentro de los ojos y del alma. En una vida como la mía, tan plena de ausencias y presencias, han sido las novelas como esta de Yoshimoto un tesoro, el tipo de tesoro que se guarda en lo más intimo, tanto que a veces se olvida que existe, para de pronto redescubrirlo y llorar al percatarse que no han perdido para nada su brillo, ni la intensidad.

Apuntes de Tsugumi

* Estés donde estés, nunca dejas de estar sólo ni de ser un extraño.

* No hace falta poder ir a donde quieras. Se está muy bien aquí. Te puedes pasear en chanclas y bañador y estás al lado del mar y de la montaña. Tienes el corazón fuerte y eres valiente, de manera que, aunque te quedes aquí, verás más cosas que muchas personas que han dado la vuelta al mundo.

* Por mayor que seas, el amor es algo de lo que sólo te percatas cuando ya lo estás viviendo. Pero existen dos clases de amor: aquel del que ves el final y el que no parece tenerlo. Y nadie los distingue mejor que los enamorados. Si no puedes ver un final, se trata, sin duda, de algo muy grande.

* Con fiebre, parece que veas al mundo con mayor intensidad. El cuerpo te pesa pero la mente parece alzar el vuelo y puede entretenerse en reflexiones en las que habitualmente no se detiene.

* Las personas siempre topamos con cosas nuevas que poco a poco nos cambian. Nos guste o no, vamos olvidando unas y descartando otras, supongo que porque tenemos demasiadas por hacer.

* Maduramos a medida que vivimos cosas nuevas que nos cambian día a día. Avanzamos a fuerza de hacer frente una y otra vez a los mismos hechos bajo distintas formas.

Una divagación musical

Sé que lo anterior son devaneos intrascendentes, quizá confusos, pero Tsugumi no sólo me ha dejado lo anterior: mientras leía, el nuevo disco de Carrie (1981), sonaba una y otra vez en el reproductor, ayudando, y en mucho, a aprehender todas esas sensaciones, que alguien como yo percibe despertar a flor de piel.

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