sábado, 26 de julio de 2008

104. "El hijo del coronel", a imagen y semejanza


El azar y la casualidad han sido temas ampliamente tratados en la literatura por muy diversos escritores. Seguramente hablar de coincidencias, encuentros, y desencuentros forma parte del argumento de algunas de las historias más entrañables de nuestra muy particular biblioteca. Se corre el riesgo de que este tópico en base a su constante repetición se desgaste (todo por servir se acaba reza el dicho), por eso es estimulante encontrar autores que sin buscar que esto se convierta en el asunto de fondo, lo usan a manera de andamiaje para aquello que nos quieren relatar.


Ya los griegos nos hablaban de los caprichos de unas amables señoritas llamadas Erinas, seres mitológicos encargados, entre otras cosas, de urdir la trama de la vida de cada uno de los mortales. ¿A quién no le nace una sonrisa, a veces cómplice, cuando se topa, se enreda, con algunos de los hilos de esta telaraña? Es justamente esta imagen con la que me quedo, esta especie de cables que se cruzan a partir de algún acontecimiento sorpresivo y trágico, los que David Ojeda imbrica de buena manera en esta novela publicada por Tusquets editores: El hijo del coronel.


Conformada por tres partes o capítulos, somos testigos del despertar de un coronel retirado del ejército de Estados Unidos, rigurosamente entrenado como boina verde y veterano de la guerra de Vietnam. No sólo se trata de un abrir los ojos en lugar desconocido: comprendemos, conforme se va armando su personal rompecabezas, las muy diversas maneras que un despertar puede conducirnos a la realidad. Una situación para la que el coronel Azuara no está preparado, a pesar de su tremenda experiencia de vida. En un ida y vuelta mediante palabras-flashbacks, conocemos detalles de la vida de Azuara y vamos dilucidando al otro par de personajes, cada uno con su respectivo capítulo, unidos todos por el amor de una mujer.


Somos testigos, en segunda instancia, del despertar de un hombre con el peso desértico de su pasado: las renuncias que le han dado forma a su ser y la manera en que se ha ido desdibujando hasta no ser más que un trazo en las vidas de aquellos que le rodean. Una llamada que se torna petición especial lo saca de su habitual rutina y observamos voyeurísticamente sus movimientos pausados, en parte provocados por el alcohol ingerido la noche interior, por otra el tiempo parece venirle lento. Es el personaje, científico Virgilio, que nos conduce al anfiteatro para desnudar un reflejo más de la historia que se nos está contando. Así, gracias al abanico que va implicando a cada una de las partes, conocemos un poco más de aquel que recién despertó en el capítulo anterior, pero también comprendemos al que ahora nos va contando su vida, entre corte y disección, en mezcla casi musical con sus propios recuerdos. Desnuda la insatisfacción que lo abriga, la que habrá de unirse a la sorpresa que le da el descubrir la identidad del cadáver.


Somos testigos, también, de un tercer despertar: el de una joven pareja de amantes, pareja de amorosos, frente a las puertas de un nuevo camino, un despertar feliz donde las dudas parecen haber sido despejadas. De nuevo una llamada viene a reventar esa apacibilidad: la noticia, la voz del coronel, la confusión porque él no es él sino ella. Introspección. Abismo y caída ante la ausencia del ser dador de vida. Emprender el viaje. La música y nuevamente la epopeya cinematográfica el flashback y las casi últimas fichas del rompecabezas de la historia, mientras la joven pareja acendra su amor de por sí ya vivo.


En El hijo del coronel encuentro una trinidad ineludible: el padre todo poderoso con su autoridad avasallando las vidas de los seres amados, la violencia que pareciera ser, en la negación de la ternura, la única manera de relacionarse con los demás; el hijo, distante y antítesis en muchos sentidos de este padre que desea controlar y aplastar con sus pesadas botas aquello que perciba como una amenaza a sus ideas, pero con el coraje suficiente para escapar de esta influencia y forjar su identidad y a fin de cuentas encarar a este padre. En medio de ellos, presencia espectral, el Virgilio que nos ilumina y esclarece los vericuetos de la historia que como lectores tenemos la posibilidad de vislumbrar en su totalidad. Médico forense que a manera de intermediario habrá de cerrar el eslabón que une a este trio, a fin de cuentas cuarteto. Final que reéne las tres visiones dejando como punto central a la esposa, a la madre, y la ex novia respectivamente. tendida en la plancha de disección. Victoria como epicentro conformador de estas páginas.


Ojeda nos adentra en los pensamientos de los protagonistas, en sus recuerdos, con un fino montaje, presencia ineludible, en la que a manera de escenografía se encuentra la huasteca potosina y algunos esbozos de la ciudad de San Luis. Lo local que se vuelve universal aderezado por un relámpago de violencia, de esa violencia de las vidas al desnudo, tan nuestras. Y al final, como bien dice la cuarta de forros, el encuentro de todos ellos, antes de los créditos finales, a punto de la detonación, de la emboscada. Para llegar a este punto, bien vale la pena leer estas páginas de David Ojeda, dejarnos conducir por los caminos a que nos destina: seguramente no decepcionaran nuestros afanes de lectores.


* Texto leído en la presentación del libro El hijo del coronel, el jueves 17 de julio de 2008, en Casa Vallarta.

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