sábado, 13 de enero de 2007

12 y 13. Recuperar el Downtown

El jueves pasado tuve que ir hasta la estación Aurora de la línea 2 del Tren ligero. De regreso, ya con mi cámara digital, supuestamente arreglada, se me antojó bajarme en el centro para comprar una rebanada de pizza, de las que soy un verdadero adicto desde aquella vez en que lejos de estas tierras... Me encanta esa sensación de salir del subterráneo y estar en un lugar totalmente diferente al punto en que se ha descendido bajo tierra. Paso frente al ex templo de Santo Tomás y tomo por Pedro Moreno. La calle parece más ancha, los edificios despejados y limpios. ¿Un error en la matrix?. No, sólo sucede que no hay vendedores ambulantes y que el centro luce diferente, amplio, renovado, fresco. Y entonces, independientemente de la polémica que se ha sucitado, apruebo que ya no haya más gente ofreciendo sus productos y me reencuentro con mi ciudad, la odiada y querida ciudad, por el momento, sin ambulantes. La del poema de Ashbery:

El Manual de Instrucciones
John Ashbery
Traducción de Martín Rodríguez-Gaona
Colección Visor de Poesía



Mientras estoy sentado mirando por la ventana del edificio
Quisiera no tener que escribir el manual de instrucciones sobre el uso de un nuevo metal.
Echo un vistazo a la calle y veo gente, cada uno caminando con paz interior,
y los envidio-¡están tan lejos de mí!
Ninguno de ellos tiene que preocuparse por concluir este manual a tiempo.
Y, como es mi costumbre, empiezo a soñar, descansando mis codos en el escritorio e inclinándome algo hacia la ventana,
¡Sobre la cenicienta Guadalajara! ¡Ciudad de flores color rosa!
¡Ciudad que más quise visitar, y que casi no vi, en México!
Pero imagino ver, bajo la presión de tener que escribir el manual de instrucciones,
¡Tu plaza de armas, ciudad, con sus elaborados y diminutos quioscos!
La banda está tocando Scheherazade de Rimsky-Korsak.ov.
Alrededor están las chicas de las flores, entregando flores rosadas y de color limón,
Todas atractivas en sus vestidos a rayas de rosado y azul (¡Oh, esos tonos de rosado y azul!)
Y cerca está la pequeña barraca en la que mujeres de verde te sirven fruta verde y amarilla.
Las parejas desfilan, todas muestran un espíritu festivo.
En primer lugar, liderando la marcha, un hombre apuesto
Vestido de azul marino. En su cabeza lleva un sombrero blanco
Y usa bigotes, que han sido acicalados para la ocasión.
Su amada, su esposa, es joven y bella; su chal es rojo, rosa y blanco.
Sus sandalias son de charol, al estilo americano,
y lleva un abanico, pues es modesta, y no desea que la multitud vea su rostro muy seguido.
Pero todos están tan ocupados con sus esposas o enamoradas
Que dudo que alguien se fije en la mujer del hombre de bigotes.
¡Ahí llegan los muchachos! Están brincando y arrojando pequeñas chucherías a la vereda
Que está embaldosada en piedra gris. Uno de ellos, algo mayor, tiene un mondadientes entre los labios.
Está más callado que el resto y pretende no fijarse en las guapas chiquillas de blanco.
Pero sus amigos las ven, y las abuchean mientras ellas ríen.
Sin embargo, pronto todo esto tendrá su fin, cuando entren en años
y el amor los devolverá al desfile por motivos de otra índole.
Le he perdido el rastro al muchacho del mondadientes.
Un momento -allí está- al otro lado de la barraca,
Apartado de sus amigos, en entretenida conversación con una jovencita
De catorce o quince. Intento escuchar lo que dicen
Pero parece que sólo estuvieran balbuceando –tímidas palabras de amor, seguramente.
Ella es un poquito más alta que él, y mira tranquila a sus sinceros ojos.
Ella está vestida de blanco. La brisa despeina sus finos cabellos largos y negros contra sus mejillas aceitunadas.
Obviamente está enamorada. El muchacho, el joven muchacho con el mondadientes, él también está enamorado;
Sus ojos lo delatan. Apartando la vista de esta pareja,
Descubro una interrupción en el concierto.
Los parroquianos están descansando y sorbiendo refrescos a través de popotes
(Las bebidas son servidas de una inmensa vasija de vidrio por una señora de azul oscuro),
Y los músicos se mezclan entre ellos, en sus cremosos uniformes blancos, y hablan
Acerca del clima, quizá, o de cómo van sus hijos en la escuela.

Aprovechemos la oportunidad para ir de puntillas a una de las calles laterales.
Veremos una de esas casas blancas con adornos verdes
Que son tan comunes aquí. Vean-¡Se lo dije!
Es fría y oscura por dentro, pero el patio está soleado.
Una anciana de gris se sienta allí, refrescándose con un abanico hecho con hojas de palma.
Ella nos invita a su patio, ofreciéndonos un refresco.
«Mi hijo está en el Distrito Federal», nos dice. «Él los recibiría también
Si estuviese aquí. Pero trabaja en un banco allá.
Mire, aquí tengo una fotografía suya».
y un muchacho de piel oscura y dientes perlados nos sonríe desde un gastado marco de cuero.
Le agradecemos su hospitalidad, pues se está haciendo tarde
Y debemos echarle un vistazo a la ciudad, antes de retiramos, desde un buen lugar en alto.
La torre de la iglesia estará bien-ésa de un rosa despintado, allí contra el feroz azul del firmamento. Lentamente ingresamos.
El portero, un hombre mayor vestido de marrón y gris, nos pregunta cuánto tiempo hemos estado en la ciudad, y si nos gusta.
Su hija está fregando los escalones-nos saluda con la cabeza mientras subimos a la torre.
Pronto hemos alcanzado la parte más alta, y la total diversidad de la ciudad se extiende frente a nosotros.
Tenemos la zona adinerada, con sus casas de rosa y blanco, con sus desmoronadas, frondosas terrazas.
Tenemos el barrio pobre, sus hogares de un profundo azul.
También está el mercado, donde ciertos hombres venden sombreros y matan moscas
Y allí está la biblioteca municipal, pintada en diversos tonos de verde pálido y beige.
¡Miren! Esa es la plaza en la que acabamos de estar, con los que van de paseo.
Quedan menos de ellos, ahora que el calor se ha incrementado,
Pero el muchacho y la chiquilla todavía se protegen a la sombra de la barraca.
Y allí está el hogar de la ancianita-aún toma sol en el patio, abanicándose.
¡Qué limitada, y qué completa al mismo tiempo, ha sido nuestra experiencia de Guadalajara!
Hemos visto amor joven, amor marital, y el amor de una anciana madre por su hijo.
Hemos escuchado la música, saboreado las bebidas y contemplado las casas de colores.
¿Qué más podríamos hacer, salvo quedamos? y eso es imposible.
Y mientras una última brisa refresca la cima de la desvencijada y vieja torre, yo vuelvo la vista
y regreso al manual de instrucciones que me hizo soñar con Guadalajara.

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