martes, 25 de agosto de 2009

236. Brasas



1.
Enciende un cigarrillo. En la oscuridad la brizna de fuego es una estrella perdida en la materia oscura de la habitación. Fuma. Absorbe y expulsa el humo. Su corazón late acelerado. Nuestro ángulo de visión es el de una cámara invisible adosada en uno de los vértices de la habitación. Apenas se distingue una silueta, de pie, junto a la ventana. A pesar de que se cuela un poco de luz del exterior es imposible distinguir la mirada. Afuera, el agudo anuncio de una ambulancia; al poco rato, las notas provenientes del club de jazz de la esquina. El tiempo parece avanzar a la velocidad en que se consumen los cigarrillos. En la habitación hay un aura extraña, como de luz lunar mezclada con lámparas de neón. Se recuesta en la cama. Nosotros nos alejamos para no perturbar el sueño.

2.
Desde la ventana de la habitación apenas se alcanza a ver la esquina de un parque: en su centro, una fuente que por años estuvo descompuesta y que hasta hace poco han reparado. Niños juegan a su alrededor. Uno de ellos se mira en el agua. Debe tener cuando mucho tres años. Su reflejo se distorsiona en las ondas. Se observa, y su alma pareciera escaparse en cada molécula de líquido. Sin embargo, esto es imposible contemplarlo desde la ventana del apartamento. Una mujer se acerca al niño y le sonríe. Es su madre. Madre e hijo parecen idénticos: misma mirada, misma boca, mismos ademanes. La mamá le toma la mano y lo aleja de la fuente. Lo último que mira el niño en el agua ya no es su reflejo, sino una brasa encendida a mitad de la noche.

3
Sabemos que ella trabaja, aunque no lo podemos precisar con exactitud. Sale del edificio alrededor de las nueve y regresa ya entrada la tarde. Es una joven espigada, de formas discretas, en las que la ropa que viste sientan bien. Camina con seguridad y los anteojos que usa le dan un ligero aire intelectual. A su paso atrae las miradas de aquellos que se cruzan en su camino.
Todos los días atraviesa el parque pero evita pasar cerca de la fuente. Ha variado su rutina al darse cuenta que ya funciona. El espejo de agua parece enamorarla. El sonido de algunas gotas de agua al caer, el aroma de la piedra húmeda. Se detiene y observa. Su rostro reflejado se distorsiona en las ligeras olas del agua de la fuente. A su espalda, el jardinero enciende el motor y un poderoso chorro de agua fluye de lo alto. Ella retrocede espantada; luego ríe. Al dar la espalda no alcanza a darse cuenta del reflejo de un niño pequeño que sonríe.

4
El niño pasea por el parque en un cochecito de color amarillo. Pedalea. No sabemos qué pensamientos ocupan su mente, pero se ve contento. Desde este ángulo no observamos a su madre, sólo intuimos que no debe andar lejos. El agua de la fuente brinda un fondo sonoro que se mezcla con el ritmo apurado de unos tacones. La chica que hemos visto salir del edificio de apartamentos por la mañana vuelve del trabajo. Niño y joven se encuentran: él detiene su coche de pedales y parece mirarla, reconocerla. Ella va ensimismada y al parecer no se da cuenta de la presencia del niño. Siente un escalofrío. A unos pocos metros de donde el niño en pausa la observa ella se detiene, mira con curiosidad y levanta un objeto del piso. La voz de la madre se escucha a la distancia.

5
Ella sueña con un pasillo estrecho donde se encuentra a un joven más o menos de su edad que no conoce. Hablan. No recuerda sobre qué versa la plática. Hay poca luz y las sombras hacen sentir el ambiente opresivo. El niño sueña con un pasillo iluminado. En él se encuentra una niña. Se sonríen. Juegan. Al despertar, ambos tienen un ligero toque de cansancio. La joven intenta recordar qué soñó pero las imágenes no le vienen a la mente. El niño se levanta y busca a la niña con la que ha estado jugando. Descubre que en su habitación no hay nadie más que él.

6
De nuevo la habitación a oscuras. Ella enciende un cigarrillo. En el bolsillo de su pantalón ha guardado el objeto que se encontró el día anterior en el parque: es una maltratada cartera de plástico para guardar documentos y adentro hay una polaroid de un niño montado en un coche de pedales amarillo. Fuma. Exhala el humo que se eleva y escapa por la ventana. Por alguna razón que ignora está a punto de llorar; intenta sonreír para que el llanto no escape de sus ojos, es inútil. Arde el humo en la córnea. Cierra los ojos y se ve a sí misma cruzando el parque; se sienta en el borde de la fuente y espera la aparición del niño. Hoy viste un traje con saco rosa, camisa a cuadros y no monta en su coche amarillo. Viene de la mano de su madre. La madre sonríe mientras el niño escapa de su mano y corre a abrazarla. Es un abrazo colmado de cariño, cálido, muy cálido. Se siente extraña. Como si alguien faltara en ese apartamento. La brasa del cigarrillo permanece aún largo rato en la oscuridad.

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