lunes, 10 de agosto de 2009

234. Halcones nocturnos

Edward Hooper


Él estaba enamorado. Ella sin embargo, no le correspondía de la misma forma: lo apreciaba, había cierto matiz de cariño en sus movimientos, cercanía, pero en la manera de mirarlo, de sonreírle, quedaba clara la barrera infranqueable para él. Por su parte, el hombre lucía demacrado, halcón exhausto por las muchas horas de vuelo y poca fortuna. Cualquiera diría, por su expresión, que recién lo sacaban de un funeral. La joven en cambio, en su vestido rojo, los hombros desnudos, aún marcaba con sus pies el ritmo de la música de alguna fiesta o salón de baile.

Mi nombre no es importante, quien así lo quiera, me puede encontrar todas las noches, de hecho, más correcto sería decir madrugadas, en el café de esta esquina, en el que puedo quedarme incluso hasta el amanecer sin pensar, en el momento del cierre.

Esta afición de mirar a la gente e inventarles historias no es gratuita, por largo tiempo me dediqué a la investigación privada: tenía mi despacho a unas cuadras de aquí; lo que también me concede cierta membresía en el lugar. Han cambiado varias veces el nombre, y del personal, ni se diga. Yo permanezco. Ahora atiende un joven delgado, apenas salido de la adolescencia, al cual parece no irle muy bien con este horario: lo delatan sus ojeras, sus movimientos pausados, el peso que parece arrastrar.

El tipo que acompaña a la chica además de cansado luce apagado. Balbucea, agacha la cabeza, asiente; ella, no para de hablar, y ríe estruendosamente festejando sus propias ocurrencias, como si hablar o reírse la protegieran de la amenaza invisible que representa la persona a su lado. Levanto la mano y le pido al joven que atiende otro café.

Mientras espero el café saco la cajetilla de cigarrillos, enciendo el último, aspiro lentamente y expulso el humo para poder seguir mirando a la pareja, escondido tras el velo del humo.

Ella ha dejado de hablar repentinamente. Deja a un lado su taza de café. Él hace lo mismo e intenta rozarle la mano; seguramente desea acariciarla, pero la sabe prohibida. Algo le ha dicho a la muchacha, fue apenas un susurro y eso es lo que la mantiene en silencio. El tipo intenta extraer algo de su saco; parece un papel doblado, quizá una nota, y lo desliza por la barra hasta dejarlo junto a las manos de ella. Enseguida pareciera arrepentirse, esconder la mano, desear no haber entregado aquello. Ella toma la nota incómoda. La lee y le cuesta evitar el mohín de tristeza y coraje que le adorna el rostro. Tiene cara de enfado, de hartazgo, incluso de desprecio que intenta disimular, y que él finge no ver.

El joven que atiende el café la mira. Apago el cigarrillo en el cenicero restregándolo con energía. Miro entonces al joven porque aún no me trae mi café y quiero recordárselo, y entonces sucede: se que es un parpadeo, apenas unos instantes en que la mirada del chico y la de ella se conectan. Son apenas unos segundos sí, pero me pregunto a qué se debe esa complicidad, y mi viejo mecanismo de pensamiento, entrenado ya por tantas experiencias se pone a trabajar, y entonces me queda claro que esta historia no es sólo de un par. Ella deja caer la nota al piso aunque simula que la guarda en su bolso. El tipo simula una sonrisa condescendiente y pregunta si no va a pedir algo más. La chica de rojo titubea. Él pide la cuenta. Sigo esperando mi café mientras la joven titubea, parece no querer partir, aunque es indudable que no le queda otra opción; que la sombra del halcón pese a lo que he visto es demasiado poderosa como para negarse. Él deja algunos billetes en la mesa. Su porte es rígido, le pone una mano en la espalda, y sin propiamente obligarla a partir la conduce. Los ojos de la chica son ahora los ojos de una víctima camino al matadero. Tienen un ligero toque de piedad. El joven parece también desconcertado; y pienso que quizá en realidad era la primera vez que se miraba. El halcón y su presa se desvanecen en las sombras de la noche. Le recuerdo al mesero mi taza de café.


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