lunes, 13 de octubre de 2008

129. Jugar con fuego

1. Introito (antes del primer movimiento / antes de que la realidad nos alcance
(como ya nos alcanzó))

Deseaba escribir este post para aprovechar la fiebre calamaresca, el éxtasis, la resaca de la flotación, pero la mañana nos toma con la nota de un par de granadas detonadas en pleno centro de la ciudad... procurando pues rescatar algo de la pasión de la noche del sábado he aquí las siguientes líneas:

2. A manera de prólogo (los preparativos)

Comenzar diciendo que esa noche nuestros caminos todos llevaban al Diana: la comida opipara en Hosteria 10, el tinto demasiado jóven en casa, los nervios y la expectativa, el magma moviéndose en las venas, lento, ardoroso pero callado. Los autoconvocados formando grupitos a la expectativa, sonrientes pero ansiosos, ansia en la explanada del teatro, en el aire un ligero olor a tabaco y la urgencia de entrar, de estar ahí. Descubrir que nuestros lugares no estaban tan mal, no tan cerca como se deseaba, pero bien ubicados. Imaginé que me encontraría con muchos conocidos y sin embargo no fue así, apenas un par de saludos. Hasta tiempo hubo para ir a hacer larga fila para comprar cerveza. Regresar a la sala con preguntas silenciosas sobre el repertorio. Las apuestas: si toca está de seguro me derrumbo, con esta bailo, esta la canto... Dudas sobre la fuerza interior personal, una leve incertidumbre provocada por las sombras de un pasado no tan remoto.

3. Jugar con fuego

Para vos...

Y la oscuridad se hizo a la par que la explosión en grito del público que brincó de inmediato de sus asientos. Se corre el telón: en el escenario los instrumentos esperando las manos que habrían de transformarlos en extensión del cuerpo para cantar el encuentro. Por uno de los lados del estrado aparece Andrés enfundado en oscuridad y de lentes también oscuros ante el furor de la gente en el Diana. Trás él la banda, hoy sí hay banda, y comienzan los primeros acordes, acústicos, reposados, de pronto se hace la luz de colores y el rock. Las primeras frases de El Salmón y el primer guiño (como lo había hecho el día anterior) al público mexicano (una mención a Villa). Se notan las tablas que dan veinte años de ausencia. Y como buena costumbre en los conciertos importantes no hay palabras para el público mientras se suceden canciones: Tuyo siempre, que nos derrumba y nos conquista y varias de la Lengua popular como Los chicos y mi Gin Tonic, donde al fin saluda y se presenta y agredece como lo haría muchas veces a lo largo del concierto. Mi memoria no es fiel, entre la emoción y el canto olvidé el el orden cronológico de las canciones, pero a quien le importaba el orden si lo que contaba era estar ahí. Para qué palabras cuando un trío de potentes guitarras puede decir más. Sería un viaje por lo nuevo y lo anterior, por la nostalgía y la felicidad, por la voz casi a capella y la estridencia rocker. ¿Quién dejo de cantar en ese lapso de tiempo, paréntesis extasiado, en esos -dicen- poco más de 120 minutos? ¿Quién retornó a su asiento? De principio a fin apenas una pausa, un medio tiempo en el que nos presentó a sus músicos, para entonces ya habíamos volado con Los Aviones, visitado a Elvis, Asado la manteca y retornar con los poderosos acordes de El día de la mujer mundial. Nueva pausa mientras descansa la banda, al teclado Tito Dávila (ex, o parte de enanitos verdes) y la sección de tangos que no podía faltar, para los puristas un atentado, para sus incondicionales una manera única y apasionado de cantarlos: Es inmoral sentirse mal por haber querido tanto, debería estar prohibido haber vivido y no haber amado por eso tírame un beso, que he sido preso de nuestro encierro... Jugar con fuego... tras los tangos Estadio Azteca y por poco el Diana se viene abajo, pero aguanto a pie firme y después los brincos en Alta suciedad, y los de Sin documentos y la tristeza de Crímenes perfectos. Todos amarrados a nuestros lugares y clamando en lo hondo que no llegara el final, que Andrés no dejara de cantar mientras nosotros, su público, siguieramos gritando, alzando los brazos desde las plateas hasta el último de los asientos de las más lejana fila, cantando a la par de él, cada uno un Salmón.

Fueron alrededor de treinta canciones, poco más de dos horas de gritos, baile, lágrimas, algunas torrenciales, otras más discretas, descubrir que se puede paladear la nostalgia cuando ya uno es fuerte ante el dolor de algunos recuerdos. Cuando uno es. Noche de intoxicación musical y sobredosis masoquista vertida en alivio. No sólo escuchar: transmutar: llegar siendo de una manera y partir diferentes, quizá hasta irreconocibles. Y mientras esto ocurría en el interior, sobre el escenario llovían corpiños, banderas mexicano-argentinas, playeras de la selección argenta y hasta una máscara de luchador color rubí.

Es verdad, si hubiese cantado Media Verónica, Ok perdón, o La Trampa se nos cae el teatro. Paloma fue suficiente para salir vibrando con esas guitarras que por momentos avasallan la voz, dolorosas cuerdas que transportan a noches de desvelos y temor. Y del fondo del esófago, directo al cráneo, un ¡Suficiente!, enérgico, a esos recuerdos. El esperado Andrés transformado en gusto por la vida, logró decirle a la oscuridad ¡basta!. El resto es propio: pensar, esperar que lo bueno de la vida, lo mejor, está por venir.

1 Comentário:

Efren_Jimenez dijo...

Muy buena reseña...salpicada de "salmonitis" jajaja pero ¿qué le vamos a hacer?

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