lunes, 22 de septiembre de 2008

116. Cumpleaños


Estoy a punto de cumplir 32 años. La vida es una espiral desgajándose. A estas alturas puedo voltear y contemplar el trecho recorrido. Mi padre cuenta que nací una tarde tormentosa: mientras atendían la labor de parto de mi madre, caía sobre la ciudad agua, granizo y los rayos y truenos que sólo como en Guadalajara. Quizá por eso me gustan las tormentas. Quizá por eso la lluvia es tan significativa para mí.

Mis recuerdos del pasado son difusos: una casa en el centro de la ciudad con un patio que me parecía enorme en el que cabía perfectamente un triciclo marca Apache, un comedor tras una gran puerta de madera que hacía también de vitral multicolor, y también una ventana que daba a la calle (y supongo que de ahí viene la fijación por las ventanas y su luz), justo en la sala, no muy grande, que formaba un nicho de suficiente tamaño para guardar sin problema a un niño de cinco años o menor, que desde ese puesto de vigía observaba la calle, un fragmento de ella, los autos y las personas al pasar como los días y sus tormentas, acompañado a veces por su padre mientras las paredes se iluminaban de relámpagos.

En aquellos tiempos la economía familiar nos permitía viajar de manera más constante, el viaje era parte esencial de la vida. Tengo retazos de imágenes con mi madre y mis tías en tren camino a la ciudad de México, de regreso también en tren de la ciudad de México arribando a la estación de Guadalajara para ser recibidos por mi padre (aún lo veo sonriente en el andén). Sin embargo, mis mayores recuerdos son de un viaje por la costa del pacífico, yo diría casi idílico, visitando Puebla, Oaxaca, Puerto escondido, Ixtapa, Playa Azul, para retornar finalmente a Guadalajara pasando por Uruapán y su parque nacional como escala final. Mar y Naturaleza. Calor y Frío.

Fue justo en aquel viaje cuando comencé a comprender el significado de la ausencia, pero también el de aventura. Aventura, porque recuerdo que iba con mi padre a todos los lugares que él quería conocer, me convertí en su sombra, y así un día nos podíamos aventurar por la carretera que se internaba en la selva hasta llegar a algún pueblo desconocido para nosotros, como platicar con algún jugador estrella del equipo de futbol Cruz Azul que hacia pretemporada en aquellos años en el mismo lugar.

La ausencia, o su primera sensación, llegó una tarde en la que mis padres nos dejaron encargados, a mis hermanos y a mi, con mi abuela y una tí, y se fueron a caminar por la playa. El sol avanzó sobre el horizonte hasta que vino el crepúsculo y mis padres aún no regresaban. Tengo la sensación de estar frente al mar, sintiendo la brisa vespertina y envuelto por una luz naranja, gris, amarillenta y mirando constantemente las olas como esperando que ellos aparecieran justo ahi. Conforme oscurecía la ausencia de ambos se convirtió en nudo en la garganta. En vacío que tocaba el alma. El estar partido. Sensaciones que en muy diversas circunstancias y a lo largo de mi vida se habrían de manifestar de manera más constante y frecuente. Volvieron. No recuerdo ninguna escena en especial para el reencuentro. Ni el momento de respirar de nuevo con el corazón acompasado.

Fueron las últimas vacaciones en familia. Mi madre padecía de cáncer en los pulmones pero sus hijos no lo sabíamos. Mi padre afirma que era un mujer valiente. Yo le creo. Por entonces comenzaron los grandes cambios. Entre otros nos mudamos a una casa que mis padres habían construido en lo que en aquel entonces era la periferia de la ciudad. A la redonda se podían ver enormes extensiones de sembradíos de maíz y de jícama. Ahora esos campos son avenidas y centros comerciales. Algo de eso se rescato y fue convertido en parque, pero entonces todo tenía la apariencia de nuevo, virgen. Nuestra casa era la segunda o tercera de la cuadra y por la avenida de enfrente no pasaban autos ni autobuses.

Mi madre murió en julio de 1984, el mismo año de Córtazar, aunque eso lo supe mucho tiempo después. Las últimos imágenes que tengo de ella son recostada en la cama con una manguera que le llevaba oxigeno y que necesita tener prácticamente todo el tiempo, con mi hermano más pequeño acurrucado en su regazo. Después, para variar, las imágenes se tornan confusas y, por más que he indagado, no termino de armar el rompecabezas. Recuerdo que de pronto se puso grave y se la llevaron al hospital. Que duró días internada mientras la casa era colmada con mis primos con el fin de distraernos y tratar de estar lo mejor posible de ánimos. Hasta que un día de ese séptimo mes llegó mi padre para avisarnos que había fallecido. Tenía siete años y no comprendía del todo el mundo, como tampoco ahora. Creía en una justicia de la vida que a partir de aquel momento quedó desterrada de mi mapa mental. Mi madre había muerto y lo demás ya no tenía sentido. El último recuerdo que conservo de ella es una visita a la habitación del hospital donde se encontraba internada: es fantasmal, borroso, como un sueño cuyos detalles olvidamos al despertar de manera instantánea. Desde entonces la muerte ha rondado como un extraño guardaespaldas mi vida. Compañera fiel que me atemoriza y tortura. Y que espera al final del camino para llevar a la otredad que tanto buscan, de alguna manera, los poetas.

Recuerdo todo esto justo ahora. Miro hacia atrás y me pregunto qué sería diferente. Pero es un juego irracional, un juego a lo mucho literario y quizá por eso en algún momento valioso: inventar otros caminos. Otros viajes. Una madre que es muchas madres y que no se extrañe cada mañana. La ausencia primera pasó de ser anticipación a realidad mientras recuerdo que al jardín de la nueva casa llegaban colibríes y cada uno de mis hermanos y mis padres teníamos un árbol por cuidar pues lo habíamos plantado. Así pasaron los veranos, entre la algarabía de mis primos y hermanos, exploraciones a lugares que nos parecían nunca antes descubiertos, inhóspitos y fuimos viendo, también, como el paisaje se transformo a la par que nosotros.

Estoy a punto de cumplir 32 años. Ahora conozco más de los sueños conseguidos y de los sueños rotos. De las promesas que se rompen y de las que permanecen. De que uno entrega el corazón y que en algunas ocasiones lo dejan moribundo: que eso es la vida: levantarse. Si la flor muere, el campo reverdece. Cambio permanente. Veo hacia atrás y miro errores, aunque también aciertos. Egoísmo y necedad, ternura y comprensión. Miedo que congela pero una vitalidad que surge del fuego del recuerdo de las personas que nos aman, que nos amaron y que de cierta manera nos seguirán amando donde quiera que se encuentren. Por todo esto, por los recuerdos, las imágenes borrosas, porque la gente a mi alrededor se empeñó en dar lo mejor de sí cuando pudo, y con todo lo que pudo, es que no puedo menos que seguir en esta vida, porque es todo lo que tenemos, y mejor estar bien y gozarla que dejarse embargar por la insatisfacción de ver los deseos quebrados. Nadie dijo que fuera fácil. Emocionante sí.


Para todas las personas que han estado cerca, por sus palabras de aliento,
para las que han partido, para las que están aquí, cada quien a su manera, con uno.

4 Comentários:

Anónimo dijo...

Doble e intenso abrazo marts-cito. Quiérolo!.

Anónimo dijo...

Abrazote, acá estamos. Ya sabes.

Trilce

Anónimo dijo...

Yo creo que tú al igual que tu madre, eres valiente.

Efren_Jimenez dijo...

Sabes que eres una de las personas a las cuales puedo llamar AMIGO... ¡te deseo lo mejor siempre!

con mucho cariño:

Efrén Jiménez

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